Giuseppe Meazza, posiblemente el mejor jugador italiano de todos los tiempos, era en 1926 un chaval de 16 años extremadamente delgado que ya jugaba en el Inter y al que el entrenador, el húngaro y ex futbolista ‘nerazzuro’ Arpad Weisz, no quitaba ojo conquistado por su en enorme calidad. Suya fue la idea de hacerle ganar peso a Meazza a base de filetes. Sabía que estaba ante un talento jamás visto. El entrenador húngaro, que revolucionó el fútbol por ser el primero en quitarse el traje y la corbata y vestirse de corto para bajar al césped a trabajar con los futbolistas, no estaba dispuesto a que se le escapara. Meazza, más amigo del regate que de sudar, lo pasó mal hasta el punto de que un día le dijo a su técnico que se volvía la fábrica de cinturones en la que trabajaba. Weisz le puso a golpear la pelota contra un muro sólo con la pierna izquierda, la mala, al acabar cada entrenamiento. “¿Por qué tengo que entrenarme yo más que los demás?”, se quejó Peppino. “Porque vales más que los demás”, respondió Weisz, anécdota que contó más de una vez en las noches heladas del campo de concentración de Auschwitz, donde se dejó la vida el técnico que descubrió al gran Meazza y que escribió un manual de fútbol que revolucionó este deporte.

El 16 de abril de 1896, en Solt (Hungría) nació Arpad Weisz, en el seno de la familia de un matrimonio judío. Brillante desde sus primeros días en el colegio, Arpad encontró en el fútbol un modo de expresión en el que mezclar sus habilidades físicas con un intelecto despierto y llamativo. Con su país disputó los Juegos Olímpicos de París en 1924, cayendo en segunda ronda ante Egipto y siendo compañero de Herzer, ‘La Gacela’, el primer extranjero de la Juventus de la familia Agnelli. Su buena zurda le llevó a Italia, siendo el Padova su primer equipo.
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