Breve reseña histórica de “nuestros” traidores

por jabotito

Judíos contra Sión

Por Julián Schvindlerman

Comunidades 19/8/09

La noticia divulgada por Associated Press a comienzos de agosto a propósito de un integrante judío israelí del movimiento palestino Fatah debe haber levantado más de una ceja entre los lectores.

Uri Davis fue uno de los alrededor de setecientos miembros de Fatah que se postuló para uno de los ochenta y nueve asientos del Consejo Revolucionario de esta agrupación que ha controlado el destino de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) por décadas y ha sido la fuerza dominante en la Autoridad Palestina (AP) desde su creación en 1994. En los años sesenta, Davis rehusó sumarse al ejército, algo que en aquella época era considerado alta traición por la sociedad israelí, se casó con una mujer palestina, escribió un libro antisionista en los años setenta, se exilió y unió a Fatah en los años ochenta, convirtiéndose en director de su oficina londinense en tiempos en los que este grupo perpetraba atentados terroristas contra los judíos en Israel y Europa principalmente. Un caso singular, ciertamente.

O quizás no tanto. Pues Davis -que se autodefine como un palestino hebreo-parlante del “estado apartheid de Israel”- no es el único judío en haber simpatizado con el nacionalismo palestino. De los extremos de la sociedad israelí han surgido grupos o personajes controvertidos que han dado apoyo a los nacionalistas palestinos a lo largo del tiempo. Miembros del movimiento ultraortodoxo Neturei Karta, por ejemplo, han visitado a Yasser Arafat cuando convalecía en un hospital parisino en el año 2004 y se han manifestado a favor de ataques terroristas contra Israel. (También han respaldado a Mahmoud Ahmadinehad en Teherán por su diatriba antisionista y negadora de la Shoá). Emanando del lado laico y de la izquierda radical, agrupaciones como Betselem, Paz Ahora y Rabinos por los Derechos Humanos, sin llegar a estos niveles aberrantes, han sistemáticamente elegido respaldar los reclamos nacionalistas de los palestinos en desmedro de los intereses israelíes, contribuyendo a la difamación global de su propio país con sus actividades, reportes y comunicados tendenciosos.

La oposición judía a Sión se remonta a los tiempos del Mandato Británico sobre Palestina e incluyó en sus filas a pensadores estelares a los que no se les podría atribuir sufrir la patología del auto-odio. Martin Buber, por caso, escribió en 1939 -al año de haber arribado a Palestina y a dos meses del inicio de la Segunda Guerra Mundial- un artículo en el diario Haaretz en el que acusaba al Sionismo de “realizar acciones de Hitler en la tierra de Israel, porque ellos [los sionistas] quieren servir al dios de Hitler [el nacionalismo] después de que éste reciba un nombre judío.” Con anterioridad, el reformismo judeo-alemán del siglo XIX decidió expurgar de sus textos litúrgicos las referencias a Jerusalem y a la Tierra de Israel con el objeto de eliminar todo vestigio nacionalista. Para ellos, los judíos constituían una religión y no una nación con reclamos soberanos válidos. En el otro extremo, la ortodoxia rabínica era antisionista en virtud de su mesianismo fundamentalista. En la Rusia post-revolucionaria de principios del siglo XX, los bolcheviques judíos eran profundamente antisionistas. Uno de sus líderes más destacados, el judío ateo León Trotsky, veía a Theodor Herzl como una “figura repulsiva”. Hoy, parte de los judíos residentes en la diáspora fieramente críticos de Israel suelen estar fuera del marco comunitario (aunque de ningún modo ese es siempre el caso), y -en palabras del psiquiatra y profesor de Harvard Kenneth Levin – “su única afiliación con asuntos judíos tiene que ver con sus ataques a Israel”. Juan Gelman y Pedro Brieger tipifican esta categoría en la Argentina.

El tópico de la enajenación de algunos judíos respecto de su propia identidad y de su sentido de pertenencia a su propio pueblo ha preocupado a historiadores por largo tiempo. Un reciente ensayo del profesor Alvin Rosenfeld de la Universidad de Indiana, titulado “Pensamiento ´Progresista´ Judío y el Nuevo Antisemitismo” examinó los escritos de varios intelectuales judíos anti-israelíes del mundo anglo tales como Tony Kushner, Jacqueline Rose y Tony Judt entre otros. Similar preocupación llevó a Theodor Lessing ha publicar, en 1930, un libro titulado “El Amor-Odio de los Judíos” en cuyas páginas estudió los casos de seis judíos prominentes que repudiaron su identidad, entre ellos Otto Weininger y Arthur Trebitsch. El filósofo austriaco Weininger terminó quitándose la vida por eso, en tanto que el periodista vienés Trebitsch se convirtió al cristianismo e instó a los alemanes a no ceder en su lucha contra los judíos: “¡Permaneced firmes! ¡No tengáis piedad! ¡Ni siquiera conmigo!”.

Entre quienes evidenciaron alienación (en distintos grados) respecto de su judaísmo, contamos a Karl Marx, quién dejó testimonio de su sentir en el panfleto de 1843 “Sobre la Cuestión Judía”; a Rosa Luxemburgo, que en una carta privada respondió a un colega “¿Por qué recurres a mí con tus penas especiales judías?…No puedo hallar un rincón especial de mi corazón por el ghetto”; y a Gertrud Stein, quién en 1934 dijo al New York Times que “Hitler debió haber recibido el Premio Nobel de la Paz”. Hannah Arendt no tuvo inhibición en ser amante del profesor nazi Martin Heidegger y lo promovió en círculos intelectuales aún después de la guerra. Friedrich Stahl se convirtió al cristianismo, se hizo profesor de derecho eclesiástico en la Universidad de Berlín, y fue líder del antisemita Partido Conservador Cristiano. Todos ellos seguramente coincidirían con la aseveración del poeta judío alemán converso al cristianismo Heinrich Heine, de que “el judaísmo no es una religión sino una desgracia”.

Aún más atrás en el tiempo, podemos identificar a judíos que trocaron el judaísmo por el catolicismo (cuando el segundo pujaba por anular al primero) y se transformaron en antisemitas impiadosos. Entre sus filas, según ha escrito Gustavo Perednik, han militado -especialmente en el Medioevo- Petrus Alfons, Nicholas Donin, Pablo Christiani, Avner de Burgos, Guglielmo Moncada y Alessandro Franceschi.

Así es que Uri Davis, el exótico judío israelí de Fatah, no encarna un fenómeno tan excepcional; él integra un linaje trágico que hace a una parte verdaderamente alucinante de la historia judía.

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