El último judío de Afganistán

por malapeste

Zebulon Simintov vive en una habitación anexa a la última sinagoga activa de Kabul. Es el último. No queda ningún judío en Afganistán.

El día que muera o decida marcharse a Israel se pondrá fin a lo que podrían llegar a ser veinticinco siglos de presencia judía en el país.

La presencia judía en Afganistán se remonta al siglo VI AEC. Su llegada se produjo durante el cautiverio en Babilonia. Existe la creencia entre los pastunes, etnia mayoritaria en Afganistán, de ser los descendientes de una de las Diez Tribus Perdidas de Israel.

Kabul derivaría de Caín y Abel, y el del país, de Afghana, personaje legendario, nieto del Rey Saúl y, según la tradición pastún, sería el progenitor de todos los pastunes. Estudios genéticos desdicen esta teoría. Con los judíos ocurrió lo mismo que con griegos y árabes, pueblos que también pasaron por la región, pero no alteraron su demografía. La primera referencia documental de la presencia judía en Afganistán es del siglo VII. En 1080, el poeta y judío granadino, Moses ibn Ezra, habla de unos 40.000 judíos pagando tributos a la ciudad de Ghazni. Dos siglos más tarde, Benjamín de Tudela fija la cifra de judíos afganos en unos 80.000. Al contrario que en el caso de Moses, Benjamín conocía la región porque había realizado varios viajes llegando hasta Bagdad, Mosul y Palestina, para contactarse  con las comunidades judías locales. Aunque hubo lugares a los que no llegó, se esforzó en obtener información sobre el número de judíos que allí vivían, los nombres de los notables de sus comunidades y sus costumbres.

Luego llegó la invasión mongola de Genghis Khan a Afganistán (1222) los judíos afganos quedaron reducidos a grupos aislados. La comunidad no se recuperó hasta bien entrado el siglo XIX, con la llegada de judíos que huían de las conversiones forzosas y las persecuciones en Persia, que elevó su número hasta los 40.000 miembros. Su número comenzó a disminuir y en 1948 (eran unos 5.000). El golpe de gracia para la comunidad llegaría en 1951, cuando al serles permitido emigrar se produjo un auténtico éxodo hacia Israel y Estados Unidos.

Zebulon nació en 1959 en Herat, donde había sido vecino del que se convertiría en el penúltimo judío del país, Ishaq Levin. Zebulon recuerda que eran 13, las casas donde vivían familias judías. La vida era tranquila hasta que en los 80 llegaron los muyahidines.

Zebulon recuerda su acoso. Al final, Zebulon y su familia vendieron su tienda de alfombras y pieles y se trasladaron a Kabul. En 1969 eran sólo unos 300 en todo el país, proceso que se aceleró con la invasión soviética del país, de manera que en 1996 apenas quedaba una decena, casi todos en Kabul. Durante esta época, Zebulon pasó años en Turkmenistan. Regresó a Afganistán en 1998, cuando los talibanes ya controlaban el país. Su apartamento fue destruido durante la guerra civil, así que decidió irse a vivir en una habitación anexa a la sinagoga, un edificio de dos plantas, con habitaciones vacías, distribuidas en torno a un patio, construido hace unos 45 años. Hasta entonces, Zebulon se había ganado la vida como comerciante de alfombras y antigüedades. Al quedar sin negocio (confiscado por los agentes de aduanas) ni mercancía que guardaba en su almacén, unos 40.000 dólares.

Zebulon tampoco se muestra muy claro sobre si seguirá en Afganistán o acabará yéndose a Israel. Si bien alguna vez dijo que deseaba marchar al país en donde viven su mujer y sus dos hijas desde 1999, en otras entrevistas dijo: “¿a qué me dedicaría allí?… ¿por qué tendría que marcharme?”. En la misma línea, recordaba que su padre y abuelo fueron rabinos, una gran familia religiosa, y afirmaba que no quería que esa herencia se perdiera.

aparte de la soledad, Zebulon también tiene que hacer frente a otras dificultades para seguir los preceptos de su religión, como la de conseguir comida kósher. Al no haber ningún carnicero en Afganistán que sacrifique los animales según las reglas del cashrut, Zebulon tuvo que conseguir un permiso especial del rabino más cercano, el de Tashkent en Uzbequistan, para poder sacrificar los animales él mismo.

Si bien Zebulon es el único judío que queda en Afganistán, se calcula que son más de 10.000 los descendientes de los que ya marcharon y se tiene constancia de otras 200 familias viviendo en Nueva York, la mayor comunidad fuera de Israel. De estos últimos, algunos tienen conocimientos mínimos de dari o pastún, las dos lenguas oficiales de Afganistán, o incluso, los menos hablan con fluidez algunos de ellos, pero la mayoría perdieron el idioma de sus padres o abuelos. El sentimiento afgano es bastante débil. Algunos se justifican diciendo que “simplemente vivíamos allí” y los que aún sienten una cierta vinculación con el país que sus abuelos o padres dejaron atrás. Aunque cada año poco antes de la festividad judía del Pésaj envían a Zebulon un paquete con 27 kilogramos de comida kósher.

Zebulon sobrevive gracias a esa y a otras ayudas similares que le llegan de otras comunidades judías en el exterior y a la caridad de algunos de sus vecinos musulmanes, entre los que cuenta con varios amigos. Con uno de ellos, el guarda de uno de los dos cementerios judíos de la capital, con el convivió en la sinagoga, por un tiempo.

Fuente: www.cidipal.org

 

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