La colaboración entre negadores de la Shoá y los nazis

por malapeste

Cincuenta años han pasado desde que tuvo lugar en Jerusalén el celebrado juicio de Adolf Eichmann, el encargado de la Solución Final. Tal vez no se le ha dado a la fecha la publicidad necesaria y lo sucedido está siendo olvidado, precisamente en estos momentos en que la negación del Holocausto se está difundiendo en todo el mundo. Hubo escasa mención del aniversario en la prensa israelí; en la Knesset tuvo lugar una exhibición de objetos usados por los miembros del Mossad que se encargaron de su captura en Buenos Aires.
En cambio amplia resonancia y comentarios tuvo la reciente publicación del libro de Devorah Lipstad “El Juicio de Eichmann”. Pocas personas han invertido tanta energía y entusiasmo como esta profesora de Genealogías, Historia Judía Moderna y Estudios del Holocausto en Emory University (Georgia. EEUU), en mantener la integridad de la memoria del Holocausto. Su sonada victoria en el Tribunal Supremo de Londres en 2000 en contra de David Irving, reconocido antisemita y seudo-historiador que la acusó de difamación en su libro “La Negación del Holocausto-El creciente asalto sobre la verdad y la memoria”, publicado en 1995, le aseguró un lugar en las filas de heroínas judías modernas.
Irving, considerado como un brillante manipulador de los medios, esperó dos años hasta que el libro fue publicado en Inglaterra, sabiendo que las leyes inglesas son más convenientes para un juicio de difamación, puesto que. a diferencia de las norteamericanas, protegen al difamado, y la obligación de presentar pruebas recae sobre el acusado, quien tiene que demostrar la veracidad de sus afirmaciones.

Una lucha antigua
Ahora, Devorah Lipstadt ha publicado “El Juicio de Eichman” precisamente para marcar el 50 aniversario del mismo. La lucha contra quienes niegan el Holocausto es tan antigua como la misma Shoá y ya desde 1948, recién terminada la guerra mundial, aparecieron numerosas publicaciones de ese tipo, aunque de poca calidad, burdas y poco serias. En 1977, con la publicación de “La Mentira del SigloXX” de Arthur Butz, persona de serias calificaciones académicas, cambió el carácter de estas obras: Butz exponía que no existen documentos alemanes de Auschwitz que mencionen las cámaras de gas, que el gas Zyklon B fue usado sólo como desinfectante e insecticida, y que los judíos fueron perseguidos pero no exterminados. Llegó hasta asegurar que el diario de Ana Frank constituía una falsificación.
Dos años después se creó un ente de propaganda llamado el Instituto de Revisión Histórica (IHR), al que el Prof Yehuda Bauer califica de “instituto seudo-científico de intelectuales neo-nazis”: publican la Revista de Revisión Histórica y organizan una reunión anual a la cual acuden los negadores del Holocausto de todo el mundo.
Todos estos intentos son una forma sutil y encubierta de antisemitismo, al igual que la automática y violenta oposición al Estado de Israel. Persistirán mientras exista el odio a pesar de la evidencia histórica.
En este intento el mundo árabe no se ha quedado atrás. Abu Mazen, hoy presidente de la Autoridad Palestina,escribió su libro “El otro lado: la relación secreta entre el nazismo y el sionismo”, en el que aseguraba que los nazis mataron a menos de un millón de judíos y que “el movimiento sionista fue socio en ese asesinato”. Toda esta multiplicación de negaciones motivó a Lipstadt a escribir “La negación del Holocausto”, el primer intento serio y académico de rebatir a aquellos que lo tratan de negar. Irving acusó a Lipstadt de presentarlo en su libro como un historiador que de manera inexplicable ha engañado a investigadores académicos citando acontecimientos históricamente no válidos, y que justifica el internamiento de los judíos en los campos de concentración nazis. Irving acusó asimismo a Lipstadt de manchar su reputación llamándolo un “partidario de Hitler que distorsiona documentos y falsifica datos para llegar a conclusions históricas insostenibles, específicamente las que exoneran al furer”. Lipstadt prefiere usar el término “negadores” y no “revisionistas”, puesto que ésta es una disciplina histórica legítima, mientras que esos autores niegan no revisan.
Israel consideró de tanta importancia el resultado del juicio que publicó, por primera vez, el diario de Adolf Eichmann, escrito en la cárcel en Israel en 1961. Este diario debía presentarse como documento que afianzara la defensa, pero no pudo ser usado por haber sido enviado cuando el juicio estaba avanzado. El Tribunal Supremo Británico y el Juez Charles Grey exoneraron absolutamente a Lipstadt de la acusación de difamación.
El juez calificó a Irving de “polemista pro-nazi”, señalando que deliberadamente manipuló la evidencia histórica para justificar sus propósitos ideológicos; que de manera injustificable presentó a Hitler de manera favorable, especialmente en lo que respecta a su tratamiento de los judíos; que se ha asociado con extremistas de derecha que promueven el neo-nazismo, y que es antisemita, racista y negador del Holocausto. Demostró que las descripciones de Lipstadt son “sustancialmente correctas” y que no es difamación llamar a un racista, antisemita y negador del Holocausto, con ese nombre.
Aparte de la derrota legal y de la humillación pública, Irving tuvo que pagar los gastos legales que ascendieron a $ 5.000.000, lo que probablemente lo llevó a la bancarrota. Al entrar en el tribunal, Irving fue atacado por un grupo de sobrevivientes que le lanzaron huevos. La bancarrota, la humillación y el líquido de los huevos escurriéndose por la cara pueden considerarse como una mínima pero justificable y merecida forma de justicia.
Lipstadt volvió al tema y escribió: “La Historia en juicio: Mis días en el Tribunal con un negador del Holocausto”, que ganó el premio en la categoría de libros Nacionales Judíos.
En estas fechas en que se conmemora el Holocausto en las Naciones Unidas, y en el mundo, Lipstadt publica “El Juicio de Eichman“, una exhaustiva narrativa en la cual usa la perspectiva ganada en su sonado juicio de difamación. Para ella existe una conexión directa entre Adolf Eichman y David Irving: “el primero ayudó a la exterminación de la tercera parte del pueblo judío. El segundo se dedicó a negar todo lo acontecido, aunque ninguno de ellos inició su carrera como un declarado antisemita”.
Lipstadt indica que en las recientemente publicadas memorias de la cárcel, Eichmann se revela como un nazi y antisemita consciente, que consideraba a los líderes nazis como sus ídolos y había estado íntegramente dedicado a sus objetivos.
Lipstadt evoca la tensión del juicio, y nos explica como el fiscal Hausner tenía la esperanza de que el juicio ayudara a crear una memoria colectiva en la nueva generación de israelíes, la cual sabía muy poco del Holocausto tema del que en Israel se evitaba hablar-y que, al oír de primera mano a los sobrevivientes, entenderían mejor su misión en este pueblo.
El Holocausto no tiene precedentes
Lipstadt recalca que Hausner presionó varias veces a los sobrevivientes preguntándoles por qué no se rebelaron, pregunta que ella también oye frecuentemente de sus estudiantes en la universidad. Nos relata cómo quedó impresionada con el testimonio de Aba Kovner, que tomó parte en la revuelta del geto de Vilna en diciembre de 1941, posteriormente se unió a los partisanos soviéticos, hasta establecerse en Israel en un kibutz.
Kovner se dirigió solemnemente al juez “En este tribunal está latente la pregunta ¿cómo es que no se rebelaron? Como judío luchador protestaría al menor vestigio de acusación contra ellos. De hecho, en lugar de preguntarse porque los judíos no se rebelaron, la gente debería reconocer que la no-resistencia era la reacción lógica. Las organizaciones de resistencia son creadas al llamado de una autoridad nacional. No había una autoridad que hiciese ese llamado. En lugar de juzgar a las víctimas, las generaciones contemporáneas deben reconocer cuán increíble fue que si hubiese rebelión. Eso es lo que no es racional”.
Lipstadt menciona frecuentemente a Hannah Arendt, la filósofa judía alemana que sigue siendo admirada en todo el mudo. Su libro “Eichman en Jerusalem”. Un informe sobre la banalidad del mal”, publicado en 1964, ha sido traducido recientemente al hebreo. Para ella existe la terrible posibilidad de que gente ordinaria pueda desarrollar y promover el mal. O sea, que un nazi recalcitrante como Eichman puede haber sido una persona normal que sólo quiso tener éxito, y que no tenía un verdadero odio o intento criminal que lo llevara el asesinato de millones de seres humanos. Efectivamente, durante todo el juicio Eichmann escuchó impasible las acusaciones, proclamando que sólo fue un tornillo de una maquinaria burocrática y que solo cumplió órdenes. La verdad es que hay que recordar que Hannah Aredt era una alemana nacionalista y que si no se la llamó antisemita fue porque era judía. Fue alumna y amante de Martin Heidegger, el filósofo e intelectual nazi más conocido que nunca se arrepintió.
Arendt acusaba a los judíos ricos del surgimiento del nacional-socialismo. Aborrecía a Israel y al sionismo y sostenía que si no hubiese sido por los Judenradt que colaboraron con los nazis, el número de asesinados habría sido menor.
Lipstadt se opone a llamar genocidio a los asesinatos masivos llevados a cabo por grupos que mantienen la autoridad en sus propios países, como sucedió en varios países africanos. El Holocausto no tiene precedentes. Las víctimas potenciales eran los judíos en todo el continente y aun en todo el mundo. El Holocausto fue planeado de antemano, mucho más extenso en su concepción que en su ejecución, y por eso es único y no comparable.

 

Aurora Israel

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