Una mancha en la historia de la Argentina: La matanza de judíos del año 1919

por bajurtov

En la ”Semana trágica” fueron masacrados 179 judíos  en el único pogrom cometido alguna vez en tierras del continente americano

Dionisio Napal: un cura provocador

Federico Grote fue un sacerdote teutón que en 1892 al fundar los Círculos de Obreros Católicos -sobre la base de la experiencia alemana de agremiación obrera católica- “con el fin de defender y promover el bienestar material y espiritual de la clase obrera en marcada oposición a la funesta propaganda del socialismo y de la impiedad que, mediante promesas engañosas, llevan al obrero a su ruina temporal y eterna…”, estableció una temprana práctica concreta de intervención de la Iglesia católica argentina en la cuestión social.

 

Los Círculos que en 1912 llegaron a ser 77 centros con 22.930 afiliados en todo el país, no constituían estrictamente sindicatos debido a que no contaban con el suficiente número de obreros católicos para hacerlo y mucho menos para agruparlos por oficio; tomaron entonces la forma de asociaciones mutuales. Su acción social se orientó en tres direcciones: el reclamo de una legislación laboral; el desarrollo de iniciativas que paliaran, en lo inmediato, las necesidades de los trabajadores y la acción propagandista que contrarrestara la creciente influencia de las corrientes revolucionarias.
Eran un claro exponente del llamado catolicismo social. La jerarquía de la Iglesia vio en los miembros de los Círculos un excelente vehículo para dar a conocer en amplios auditorios su alerta sobre las amenazas que el peligro bolchevique entrañaba para el mundo cristiano. En 1918 se convocó expresamente a los integrantes de los Círculos a una participación activa en la Cruzada antimaximalista y crecientemente antisemita mediante las conferencias callejeras. En ellas, ya como oradores o como simples y entusiastas oyentes, debían advertir a los legos sobre la inminencia del peligro que se cernía sobre una Argentina donde “ya se ven banderas (…) una color negro y la otra color rojo obsceno paseando por las calles de esta ciudad cosmopolita (que son) el trapo de la rebelión y la vergüenza, sucios en sangre y hechos con odio, levantados en alto por parias de la sociedad y seguidos por escoria de la misma”
El principal y más notorio de estos oradores era el cura Dionisio Napal. Además era un provocador. Gustaba de llevar su prédica antijudía al corazón mismo de las barriadas con alto porcentaje de población hebrea.
El 8 de diciembre de 1918 pronunció una alocución que tuvo trascendencia en los círculos católicos. Entre otros tópicos, habló del “factor judío en los movimientos revolucionarios del mundo”. Identificó a la Revolución de Octubre como una conjura judía. No era muy original en esto. Esa una caracterización que habían hecho grupos antisemitas rusos ligados al régimen zarista e integrados al Ejército Blanco que en esos momentos combatía contra el débil e incipiente Estado de los Soviets, provocando en los territorios bajo su dominio – especialmente en Ucrania- grandes matanzas de judíos. El mito corrió rápidamente a favor de un mundo en guerra que no terminaba de absorber racionalmente los cambios que ocurrían día a día. Fue aceptado por los círculos conservadores británicos que veían a Lenin (por lo menos hasta el momento mismo del Armisticio que puso fin a la Gran Guerra) como un aventurero de origen judeo-alemán a sueldo del Káiser, siendo el Soviet de Petrogrado una cueva de judíos internacionales, comprados y dirigidos en las sombras por el Estado Mayor Alemán. Sin embargo esta caracterización crudamente antisemita del carácter de los revolucionarios soviéticos no fue asumida por el Vaticano hasta 1920. Podemos inferir entonces que Napal, o estaba al tanto de las versiones que corrían en Europa y las reproducía retroalimentando su convencimiento sobre la perfidia del judío, o simplemente tiraba al voleo una acusación que nacía de su inquina antisemita antes que de prueba fáctica alguna.
Más allá de las fuentes en donde nutriera su certidumbre, ayudaba a instalar en vastos sectores de la burguesía el convencimiento de que el judío –en su carácter de tal- era el culpable de la creciente agitación social.
Además de provocador, Napal era un cobarde miserable. Sus conferencias públicas en barriadas judías y obreras las daba protegido por una guardia de policías y matones a sueldo. En los últimos días de 1918 realizó nuevos actos donde acusó a los judíos de traidores y traidores, y al socialismo lo caracterizó como una tara hebrea.
Alarmada, la prensa israelita porteña denunció en castellano y en idisch la bravata clerical. Di Presse: “los curas comenzaron en Corrientes y Junín. Prosiguieron luego sus sermones contra los socialistas y los judíos, con la ayuda de la Policía, por todo Buenos Aires y los suburbios. El domingo organizaron una conferencia similar en la Avenida Sáenz y Esquiú, rodeados por policías y escoltados por bandidos locales que estaban armados con bastones de acero. Después del mitin partió una manifestación. En Caseros y Rioja pronunció el cura Napal un tenebroso y agresivo discurso”.
Ese discurso tenebroso y agresivo no era patrimonio exclusivo de Napal. En todo caso la figura de este cura intolerante era solo el emergente de un conjunto de situaciones que hemos someramente enumerado y descrito. La suma de todas ellas potenció a finales del año 1918 la sensación de “Gran Miedo” en la burguesía argentina. A esas alturas en muchos sectores de esta vasta clase social, se había hecho convicción ineluctable la existencia de un complot. Distintos elementos interactuaron y se potenciaron mutuamente: el clima de temor, las versiones sobre eventos inexistentes, pero que al dárseles entidad real reforzaron el pánico de quienes se sentían amenazados en sus intereses y sus personas y acrecentaron su convencimiento que solo una represión ejemplar podía acabar con el peligro.
Todo esto entraría a jugar en los sucesos de los primeros días de enero de 1919. Lo que ocurrió entonces por fuera de los límites de la represión estatal legal (tema sobre el cual avanzaremos en nuestra próxima entrega) tal vez no pueda ser medido en términos escindibles. No hubo una diferenciada represión ilegal dirigida por un lado a los trabajadores -en su carácter de tal- por una dinámica social, y una persecución a los judíos –también en su carácter de tal- producto de una lógica racista pero autónoma de la anterior. Por el contrario, como bien sintetiza Lvovich, ambas son consecuencia del “Gran Miedo” que invadió a la burguesía, que creyó ver en la represión salvaje e ilegal, la única forma de acabar con un “Complot” protagonizado por un enemigo con distintos rostros.

III. Acerca de las victimas propiciatorias y de los victimarios propiciadores.

“La palabra pogrom no está en el Diccionario”Y el Diccionario en que no está tal palabra no es otro que el de la Lengua Española. Sin embargo la Real Academia Española condesciende en su vigésima segunda edición a dar una aproximación al vocablo estableciendo una versión castellanizada del mismo:
Pogromo. (Del ruso pogrom, devastación, destrucción). Con dos acepciones:
1. m. Matanza y robo de gente indefensa por una multitud enfurecida.
2. m. por antonomasia. Asalto a las juderías con matanza de sus habitantes.
No obstante esta negación ha aceptarlo en pleno derecho dentro del habla castellana, el término pogrom es utilizado y pronunciado en casi todos los idiomas y dialectos hablados en el orbe. La historia del antisemitismo ha hecho que esta palabra embebida en sangre y dolor sea el emblema de cualquier acción violenta contra los judíos en su carácter de tal.
En esencia un pogrom consiste en el ataque a mansalva, salvajemente cruel contra un grupo étnico minoritario. En ese ataque se perpetran con impunidad acciones de gran violencia, las que son realizadas de manera espontánea o planificada, contra una víctima colectiva que está en una situación de inferioridad con respecto al atacante.
El origen histórico de la palabra pogrom se remonta al año 1881, cuando el Zar Alejandro II fue asesinado en la ciudad de San Petersburgo por un grupo anarquista. Paradójicamente el ataque se produjo sobre la persona de un emperador reformista, que había aplicado políticas liberales de gobierno que modernizaban rápidamente a Rusia. Por ejemplo, la abolición de la servidumbre campesina o la eliminación de las restricciones de residencia territorial dentro del Imperio (la llamada “zonificación”) a los judíos. En el grupo atacante había una joven hebrea, lo cual sirvió de pretexto a las fuerzas más reaccionarias para acusar a todos los judíos de magnicidio, provocando una inmediata ola de violencia contra los miembros de esta comunidad que se prolongó hasta las postrimerías del año 1884. La suma de ataques constituyó un pogrom gigantesco, e indujo a una salida en masa de más de dos millones de judíos rusos que mayoritariamente se dirigieron a los Estados Unidos de América.
En ese tiempo se dio también a nivel universal un fenómeno de reacción frente a la evidente integración de los judíos a los estados nacionales occidentales en su nuevo carácter de ciudadanos de pleno derecho. A esa emancipación hija de los principios liberales de la Revolución Francesa, las fuerzas más oscurantistas cobijadas en instituciones antiliberales como las iglesias y las fuerzas armadas opusieron una creciente intolerancia, simbolizada a fines del siglo XIX en el “Caso Dreyfus”.
En ese clima de progresiva intranquilidad que culmina con el desbarajuste general -a partir del estallido de la Gran Guerra,- de un orden que se creía inmutable, los pogroms se extendieron de Rusia a Europa Oriental, a Medio Oriente y finalmente alcanzaron a un lugar geográfico regido lingüísticamente por esa Real Academia Española que aun se niega a aceptar el término original. En la investigación que venimos publicando en esta revista sobre los sucesos que pasaron a la historia argentina bajo el nombre de “La Semana Trágica de 1919”, en este número en particular comenzaremos a dar visibilidad a ese pogrom, analizando en primer lugar los espacios de actuación y roles jugados por los actores sociales convertidos por fuerza de los hechos en victimas o victimarios de tal acontecimiento.

Las víctimas propiciatorias
1. Los pampistas. La historia de la judería argentina moderna tiene una fecha referencial y simbólica. Es la del 14 de agosto de 1889 cuando arriba al puerto de Buenos Aires el vapor Wesser. En él llegan 824 judíos procedentes de la región rusa meridional de Kamenetz Podolsk. Conforman un grupo de 130 familias, las que en París había celebrado tratativas y firmado contrato con el cónsul argentino para establecerse como colonos en tierras que les vende el especulador en compraventa de baldíos fiscales, Rafael Hernández. No bien desembarcaron descubrieron que habían sido estafados por el hermano del autor del Martín Fierro. Esas tierras ya estaban ocupadas
Desesperados, negociaron con otro estanciero, Pedro Palacios, quien les ofreció a valores exorbitantes, campos de su propiedad situados en el noroeste de la provincia de Santa Fe, en cercanías de las vías que hacia Tucumán tendía la Compañía del Ferrocarril Buenos Aires y Rosario, desde esta ultima ciudad.
Cuando llegaron allí se encontraron nuevamente estafados. Pese a haber pagado por cada hectárea una cifra cinco veces mayor a su valor real, Palacios los abandonó a su suerte. No les proveyó los elementos de labranza y semillas convenidos, no los trasladó a los campos ni les suministró lo básico para sobrevivir en ese desierto.
Durante varios meses quedaron los engañados colonos alrededor de una perdida estación de ferrocarril en una tierra extraña, mendigando las sobras de comida que les arrojaban desde los trenes. Los niños fueron las primeras víctimas de tal desamparo. Una epidemia mató a muchos de ellos. Era tal la orfandad en que se encontraba esa gente que ni siquiera contaba con ataúdes o mortajas para enterrar a sus hijos. Estos fueron inhumados en latas de kerosén.
Un comienzo cruel que anunciaba a los judíos que el camino a recorrer en su nueva tierra no sería fácil y a la vez una dolorosa metáfora que los unía por siempre a la nueva tierra, no solo de manera simbólica sino literal: cuando tiempo después se les propuso abandonar el lugar y trasladarse a las nuevas colonias entrerrianas, se negaron aduciendo que no podían abandonar la tierra donde sus pequeños hijos dormían el sueño eterno.
Los desamparos colonos sólo se salvaron de continuar en la mayor indigencia cuando luego de algunos meses de grandes penurias fueron ocasionalmente advertidos por un importante viajero judío que pasó en tren por el lugar. Se trataba del doctor William Löewenthal, un higienista contratado por el gobierno nacional que venía de dictar conferencias en el norte del país y los vio durmiendo en las proximidades de las vías, en un galpón abandonado. Primero hizo gestiones ante el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Argentina, que a su vez ordenó al Comisario General de Inmigración investigara las causas de la difícil situación de esos inmigrantes Luego tramitó ayuda externa: lo hizo antes la Alliance Israélite Universalle de París, la que a su vez interesó a un millonario y filántropo judío, el barón Mauricio Hirsch.
Presionado por el gobierno ante el escándalo internacional que su abandono de los colonos producía, Palacios finalmente hacia marzo de 1890 procede a cumplir las cláusulas del contrato. Traslada a las familias israelitas a las tierras asignadas en la estipulación de venta, con algunos elementos para que estas comenzaran sus tareas. Había nacido Moisés Ville, la primera colonia agrícola judía. Siguió un tiempo duro (los aperos de labranza eran insuficientes y muchos de los colonos eran inexpertos) pero ya no con las penurias del abandono inicial. Quienes no terminaron desertando se convirtieron en eficientes chacareros.
A Moisés Ville le siguieron nuevas colonias. El 24 de abril de 1891 se crea en Londres la J.C.A. (Jewish Colonización Association) fundada por el barón Hirsch con el propósito manifiesto de fomentar en el Nuevo Mundo la colonización agrícola de familias judías “a quienes la ley, en sus países respectivos prohíbe el trabajo y los oficios rurales… ellos (las familias judías) hallarían en la República Argentina un trabajo libre, fácil, honesto y remunerador”.
A partir de 1892 ya con la J.C.A. en funciones, se multiplican las colonias. Siete en Entre Ríos, dos en Santa Fe, igual número en la provincia de Buenos Aires y en el territorio de La Pampa Central, una en Santiago del Estero. Estos serán los catorce asentamientos rurales madres donde en la última década del siglo XIX y la primera del siglo XX varios miles de judíos de Rusia, Rumania y otros territorios de Europa del Este ejercerán su nuevo oficio de agricultor. Estas colonias darán lugar -de modo especial en el genésico continente entrerriano-, a nuevos núcleos desprendidos de aquellas. La experiencia agraria judía dejará un balance histórico de tres mil colonos establecidos que con sus familias trabajarán un total de seiscientas mil hectáreas bajo la égida de la Jewish Colonización Association
La relación entre la empresa de Hirsch y los migrantes no fue fácil. Por múltiples causas, siendo una de las principales, los contratos leoninos que la J.C.A obligaba firmar a los colonos. Es válido señalar también que esa relación no corre en un solo sentido. Si bien la administración de la J.C.A. ejerció un control autoritario y arbitrario, al mismo tiempo disponía que toda colonia contara con sinagoga, biblioteca, teatro, escuela, proveedores y cooperativas. Surge entonces una aparente contradicción entre el afán de lucro de la empresa “filantrópica” que se personifica en la figura de sus funcionarios y administradores, y el espacio en que estos actúan, espacio que es modelo de organización comunitaria, de reunión entre “iguales” con intereses semejantes.
Hoy la comunidad judeoargentina reivindica en la figura de esos pioneros de la élite de la colectividad (los pampistas) un arquetipo paradigmático.
Si bien la figura del “gaucho judío” es más una creación literaria de Alberto Gerchunoff que una realidad rastreable históricamente, muchos judíos argentinos se sienten simbólicamente “gauchos” y se enorgullecen de haber nacido en las colonias de Entre Ríos o de Santa Fe, de La Pampa o de Buenos Aires. Y las vivencias, reales o ficcionales de la pionera Moisés Ville son evocadas con particular nostalgia. Casi no quedan judíos allí, pero en Rosario, en Sunchales, en Rafaela, en Beer Sheva, Tel Aviv o donde fuere que el destino y la despoblación rural le llevó, alguna persona ya madura, entrecerrando sus ojos ve con mirada de infancia la geografía de ese pueblo santafesino que atesora en sus entrañas sagradas latas de kerosén.

2. Proletarios urbanos. El imaginario construido en torno a la figura del pionero rural no debe hacernos olvidar que la migración judía (como el resto de las corrientes europeas arribadas a nuestras playas durante el auge del Modelo Agro exportador) se dirigió preferentemente a los centros urbanos. De modo especial a partir de 1905, año especialmente crítico para la judería rusa, cuando se les convirtió nuevamente en chivo expiatorio, esta vez de la guerra perdida frente a Japón y de la subsiguiente revolución generalizada que siguió a la derrota militar, a duras penas sofocada por el gobierno zarista. A partir de ese año nuevos contingentes hebreos provenientes del Imperio de los Romanov se instalaron mayoritariamente en Buenos Aires, y en menor medida en Rosario y otras ciudades. Esta oleada se diferenciaba de la anterior por su carácter laico. No traía ni vocación redentorista por la agricultura ni mayores creencias religiosas que los rituales básicos a su identidad. Llegaban en calidad de obreros no calificados, artesanos y también como proletarios del comercio individual y al menudeo (los futuros cuéntenikes del costumbrismo saineteril). Traían ideales de redención social y conciencia gremial.
Ya en 1896 se había fundado en Buenos Aires el Idisher Arbeiter Faraón far Guegnzaitiquer Hilf (Centro Obrero Judío de Ayuda Mutua) y al año siguiente surge contemporáneo al primer Congreso Sionista de Basilea el Jovevei Zion. Nombres en idioma idish de asociaciones mutuales o nacionalistas a las que sumarán empezado el nuevo siglo otras de inequívoco cariz político y gremial.
Los anarquistas hebreos (numerosos en esa oleada comenzada en el año cinco) logran en 1908 que el periódico libertario La Protesta publique diariamente una página en idish. Hacia 1916 formaron Asociación Racionalista Judía. Es de destacar que el personaje más destacado en esos años heroicos del comunismo libertario fue un judío: Simón Radowisky, quien siendo aun adolescente, al poco tiempo de llegar al país desde Ucrania, vengó a sus compañeros de clase caídos a manos del temido jefe de policía de la Capital, coronel Ramón Falcón, ultimando a este en un atentado. Inmediatamente detenido, solo su minoría de edad le libró del pelotón de fusilamiento. Encarcelado en condiciones de rigurosidad extrema en el austral presidio de Ushuaia, la lucha por su liberación fue una bandera que el anarquismo levantó durante años, y de modo especial como ya vimos en la Semana Trágica.
No todos los recién llegados eran ácratas. Muchos tenían ideales socialistas. Y habían militado dentro del Imperio Ruso en el Bund (Federación Socialista de los obreros judíos de Lituania, Polonia y Rusia). Serán estos inmigrantes los que en 1905 fundan la Biblioteca Rusa, centro socialista que excedía sus metas políticas y gremiales con una amplia actividad cultural. Al año siguiente se crea el primer sindicato judío, el de los obreros gorreros, y en 1907 la Organización de Trabajadores Socialistas Democráticos Judíos, con neto predominio bundista. En su seno surge el Bund Argentino que pronto cuenta con su propio periódico en idish: Der Avangard. La meta de los bundistas era ingresar como fracción judía en el Partido Socialista Argentino. Si bien nunca lo consiguieron plenamente, mantuvieron una estrecha colaboración con el partido de Juan B. Justo, instando permanentemente a los obreros judíos a participar en las luchas reivindicativas lideradas por el PS. Los bundistas fueron fervientes defensores de una cultura basada en la lengua idish pero sin elementos religiosos. En virtud de esa postura se dieron a la tarea de crear una red escolar llamada explícitamente “Escuelas Laicas Israelitas”. Su periódico Der Avangard era dirigido por quien será un protagonista fundamental (a su pesar) de la furia antisemita que se desatará en la Semana Trágica: Pinnie Wald.
Respecto al sionismo, pese a que como vimos hizo temprana aparición en Argentina, no constituyó una causa popular dentro de la comunidad israelita, por lo menos en las primeras dos décadas del siglo XX. Era más bien un pasatiempo en forma de tema de discusión para unos pocos judíos medianamente ilustrados, medianamente acomodados.
En el Centenario de la Revolución de Mayo, con la agudización de la tensión social y las medidas represivas dispuestas por el Régimen para retomar la situación, dirigentes de todas estas corrientes sufren la aplicación de la Ley de Residencia. Bundistas, socialistas y anarquistas judíos son deportados. Se le aplica esta medida por considerárselos extranjeros peligrosos, aunque a diferencia de lo que ocurrirá una década después, su peligrosidad radica para las clases dominantes, en sus ideas y prácticas políticas, no en su carácter étnico. Si bien comienza a establecerse de a poco un discurso que equipara al “ruso” en su carácter de tal con las praxis revolucionarias.
Como ya hemos visto en anteriores entregas de este trabajo, ese discurso fogoneado por el clero católico avanzará rápidamente en los sectores burgueses argentinos a partir de los cataclismos sociales producidos en las postrimerías de la Gran Guerra.
Hacia 1919 la población judía en la Argentina rondaba las 150.000 personas. Tres de cada cuatro residían en los centros urbanos, especialmente en Buenos Aires y Rosario. No habían pasado aún tres décadas del comienzo de la inmigración israelita organizada. Ciertamente se trataba de un aluvión creciente en forma geométrica. Si en 1889 en el país el número de hebreos residentes era similar al de los esperanzados colonos transportados en la tercera clase del vapor Wesser, hacia 1900 ya son 10.000, una década después, 70.000, número que se duplica en la década siguiente. Naturalmente este ritmo de crecimiento no podía ser vegetativo sino migratorio. En virtud de tal fenómeno de avance demográfico, hacia 1919 la mayoría de los israelitas que habitaban la República habían nacido en el extranjero (especialmente en los dominios del Imperio Ruso). Los nativos eran por lo general argentinos de primera generación, muchos aún niños.
Será esta judería de la Argentina, la víctima propiciatoria de una agresión colectiva perpetrada sobre sus miembros individuales, considerados estos por los agresores como partes de un grupo en su carácter étnico, con el aditamento de supuestas prácticas e intencionalidades políticas altamente peligrosas para el orden establecido, también inherentes a su carácter étnico. Veamos quienes fueron, social y políticamente, los agresores.

Los victimarios propiciadores ¿primos lejanos de las víctimas?
Si bien la inmigración judía aporta su sangre a la Argentina moderna desde las décadas finales del siglo XIX, la presencia hebrea en estas tierras fue una constante desde los albores de la Conquista. Apenas encubierta bajo los forzosos ropajes a que la persecución inquisitorial le obligaba, las crónicas registran con asiduidad y permanencia las actividades de los llamados “cristianos nuevos”, grupo que en el Río de la Plata tuvo la particularidad de estar conformado antes que por marranos españoles, por christaos novos portugueses que huían de las garras de la Inquisición lusitana, en algunos períodos más rigurosa en su intolerancia religiosa que su par castellana.
Esos criptojudíos en muchos casos tomaron la conversión al cristianismo no solo como una estrategia de sobrevivencia sino como el punto de partida para fundar linajes en el nuevo orden social surgido en torno a la ciudad puerto de Buenos Aires, que de antiguo asiento de contrabandistas y mercado esclavista es elevada a capital del flamante Virreinato del Río de la Plata en el período tardocolonial. Así estos conversos enriquecidos establecían su preeminencia sobre las viejas elites de los siglos anteriores, enlazando a la vez por vía de braguetazo con las mismas en busca de una respetabilidad que borrara su “pecado” de origen.
Se torna pertinente formular con los debidos reparos, que buena parte de la llamada aristocracia pampeana, lo más rancio de la oligarquía vacuna, la clase superior del exitoso Modelo Agro exportador, puede descender de esos “portugueses” que llegaron, ocultando su judaísmo, varias generaciones atrás a estas tierras.
Una lúcida representante de esa clase en particular, y de la cultura argentina en general, Victoria Ocampo, se refería a los devaneos de pureza de sangre de un miembro cercano de su familia y de su clase, preguntándose con ironía:” ¿Cómo se entiende que algún pariente mío que se llama Bengolea, es decir hijo de Golea en hebreo, pueda ser antisemita? ¿No será que antes-semita, hoy anti-semita?”
Serán esos privilegiados descendientes vergonzantes del oculto antepasado judío, parte fundamental en la perpetración del pogrom antijudío de 1919.
Gozarán en su accionar de la impunidad de clase y el contexto dado por una burguesía que entraba en pánico frente a un enemigo construido a partir de ese miedo, con rasgos terribles.
La misma impunidad o conciencia de clase que al saberse hijos del privilegio les había permitido a ellos, o sus hermanos mayores, asegurar los fastos del Centenario de 1910 saliendo empatotados (entonces se asumían orgullosos como “la indiada”) de la muy exclusiva “Sociedad Sportiva Argentina” bajo la conducción conjunta del barón Antonio De Marchi, yerno del general Roca y del jailaife por antonomasia: el sportmen y niño bien Jorge Newbery, a asaltar las sedes de los partidos de izquierda, empastar sus imprentas y quemar los libros de sus bibliotecas.
Tal vez pensaban que en esa oportunidad habían sido muy suaves en su accionar. Pero esta vez la agitación social era tal, que la represión a los extranjeros que soliviantaban a la plebe contra la gente decente, debía ser expeditiva y cruel.
Fue así como el 10 de enero de 1919 en el Centro Naval de una convulsionada ciudad de Buenos Aires, paralizada por una huelga general que amenazaba exceder lo meramente reivindicativo para transformarse en revolucionaria, se reúnen los representantes de la Asociación del Trabajo, la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural, el Círculo de Armas, el Club del Progreso, el Yacht Club, el Círculo Militar, el Círculo de Damas Patricias, la jerarquía católica representada por el obispo Miguel de Andrea, delegados de la banca, el comercio y la industria, y otros distinguidos caballeros.
Concurren también los integrantes del Comité Nacional de la Juventud, curiosa agrupación formada durante la Gran Guerra por jóvenes universitarios de la alta burguesía para oponerse a la política neutralista de Yrigoyen. Enemigos de la Reforma Universitaria, al calor de los acontecimientos han ido virando desde su inicial conservadurismo liberal pro británico hacia un nacionalismo reaccionario, desde donde proclaman su equidistancia beligerante tanto contra “la política criolla” como “la izquierda extranjerizante”. Serán los miembros de este Comité los más decididos propulsores de acciones violentas contra el “enemigo de la Patria”.
Bajo la dirección del dueño de casa, el aristocrático y elitista almirante Manuel Domecq García se organizaron en esa mañana veraniega grupos terroristas denominados en principio Defensores del Orden. Estos prontamente fueron institucionalizados bajo la denominación de Liga Patriótica Argentina. Aunque esta recién fue creada formalmente el día 19 de enero, operó en la práctica desde el día 10, destacándose en su dirección el abogado rosarino Manuel Carlés, funcionario del oficialismo de reciente actuación como interventor federal de la provincia de Salta.
La constitución de la Liga obedeció al temor a que el gobierno radical no fuera lo suficientemente drástico con los huelguistas. La élite entendió que debía crear una organización que velara por sus intereses actuando con decisión, colaborando por dentro o fuera del sistema legal, en las tareas represivas llevadas a cabo por el ejército y la policía
Entre los fines anunciados por la Liga Patriótica se destacaban: “Estimular sobre todo el sentimiento de argentinidad”; “cooperar con las autoridades en el mantenimiento del orden público, evitando la destrucción de la propiedad privada, comunal y del Estado, contribuyendo a mantener la paz de los hogares”, “inspirar al pueblo amor por el ejército y la marina”.
Los gritos que se escucharon ese día en los elegantes salones del Centro Naval fueron: “!mueran los extranjeros!”; “!mueran los maximalistas!”; “!guerra al anarquismo!” y reiteradamente: “!mueran los judíos!”
…“!Mueran los judíos!”…Estaba por comenzar la cacería de rusos, el primer pogrom en tierras americanas.

IV .La violencia antisemita. Impunidad de los perpetradores. Indefensión de las víctimas. Complicidad y barbarie policial. El “Soviet Maximalista a ambas orillas del Plata”: un invento tragicómico del gobierno radical. Los números imprecisos de la matanza aún nueve décadas después.

La cacería del “ruso”
El 10 de enero de 1919 tras haber pasado una medrosa noche, la policía de la Capital ve acudir en su ayuda unidades militares provenientes de la guarnición de Campo de Mayo. Se constituye entonces un aparato estatal de represión acorde a la magnitud de la agitación social imperante en la ciudad de Buenos Aires. Mientras estas fuerzas gubernamentales comienzan a operar, otros sectores también lo hacen. Accionan por afuera de la los marcos legales pero con la evidente complicidad de las autoridades. Son los grupos de la reacción que se han reunido esa mañana en el Centro Naval, de los cuales ya hemos dado cuenta, y que en horas de la tarde se dirigen a los barriadas obreras con alto o significativo porcentaje poblacional judío, con la intención declarada de cumplir su defensa del orden establecido persiguiendo a quien consideran su principal enemigo: el “ruso”, el “maximalista”, el “apátrida asesino de Nuestro Señor Jesucristo”. La suma de estas adjetivaciones conforma una tautología que expresa una cuestión de clase indisolublemente unida al odio racial y religioso.
El primer ataque producido por estos grupos fue de carácter “institucional”. Los autodenominados Defensores del Orden se dirigieron a las bibliotecas de las organizaciones Avangard y Poale Sión, y a las contiguas sedes sindicales de los obreros panaderos y de los peleteros judíos, como así también al local de la Asociación Teatral Judía (IFT). Del interior de estos edificios fueron arrojados a la calle y quemados, muebles, enseres, libros y documentos. Los atacantes no satisfechos con el saqueo y la destrucción material que llevaban a cabo, propinaban severas golpizas al infeliz “ruso” que tuviera la mala suerte de caer en sus manos. Todo ello ante la inacción cómplice de la policía montada que observaba impasible los sucesos.
Lejos de conformarse con estas operaciones sobre las sedes del “enemigo maximalista y apátrida”, esas fuerzas paraestatales que estaban conformando con su bautismo de sangre la Liga Patriótica Argentina, entendieron que su defensa del “ser nacional” incluía también la persecución del judío en su carácter de tal, sin distinción de matices entre bundistas, maximalistas, sindicalistas, anarquistas o apolíticos. Había que cazar el “ruso” como un perro sarnoso en su propia casa, sin pruritos de sexo, edad o condición. Dar cumplimiento a la arenga que les efectuara esa mañana en el Centro Naval el contralmirante O’Connor: -“si los rusos y los catalanes no se atreven a venir al centro, los atacaremos en sus propios barrios”.
Siguiendo la narración formulada por los testigos oculares de los hechos que constituyeron el pogrom, veamos casi nueve décadas después como se desencadenó la violencia de grupos impunes en su accionar contra una población azorada e indefensa. Es de destacar que entre estos testimoniantes, hay algunos que fueron ideológicamente afines a los atacantes.
Tal el caso del escritor nacionalista Juan Carulla, que en su autobiografía Al filo del medio siglo, narra que habiendo oído que estaban incendiando la zona de asentamiento judío más céntrico, situada en la calle Viamonte a la altura de la Facultad de Medicina, así allí se dirigió, presenciando al llegar al lugar escenas de violencia que describió con una prosa tal vez recargada pero no por ello menos contundente:
“En medio de la calle ardían pilas con libros y trastos viejos, entre los cuales podían reconocerse sillas, mesas y otros enseres domésticos, y las llamas iluminaban tétricamente la noche, destacando con rojizo resplandor los rostros de una multitud gesticulante y estremecida. Se luchaba dentro y fuera de los edificios; vi allí dentro a un comerciante judío. El cruel castigo se hacía extensivo a otros hogares hebreos (…) El ruido de los muebles y cajones violentamente arrojados a la calle se mezclaba con gritos de ¡mueran los judíos! Cada tanto pasaban a mi vera viejos barbudos y mujeres desgreñadas. Nunca olvidaré el rostro cárdeno y la mirada suplicante de uno de ellos, al que arrastraban un par de mozalbetes, así como el de un niño sollozante que se aferraba a la vieja levita negra, ya desgarrada. El disturbio provocado por el ataque a los negocios y hogares hebreos se había propagado a varias manzanas a la redonda”.
Cuando escribe sobre estos sucesos varios años después, Carulla no duda en señalar como responsables de tal violencia a los integrantes de una de las fuerzas de choque reunidas en el Círculo Naval, y aporta el dato de un encuentro previo a tal reunión constitutiva. Afirma el escritor que los atacantes pertenecían (a) “el Comité Nacional de la Juventud (que) surgió durante la guerra mundial. El 2 de enero se habían reunido en el Teatro San Martín: siete días después, sus miembros tomaban como profesión la de vejar judíos”.
Dos semanas más tarde el reconocido periodista Juan José de Soiza Reilly denunciaba en el número 45 de La Revista Popular: “Vi ancianos cuyas barbas fueron arrancadas; uno de ellos levantó su camiseta para mostrarnos dos sangrantes costillas que salían de la piel como dos agujas.
Dos niñas de catorce o quince años contaron llorando que habían perdido entre las fieras el tesoro santo de la inmaculada; a una que se había resistido, le partieron la mano derecha de un hachazo. He visto obreros judíos con ambas piernas rotas en astillas, rotas a patadas contra el cordón. Y todo esto hecho por pistoleros llevando la bandera argentina”.
Por su parte el dramaturgo Arturo Cancela –uno de los pocos intelectuales de valía que se incorporará al primer peronismo- en su obra Tres relatos porteños y tres cuentos de la ciudad, describirá como “jóvenes con brazaletes, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevaban barba; los de las carabinas les pinchan el vientre o se cuelgan de las barbas. Otros apedrean los vidrios de las casas de comercio cuyos propietarios abundan en consonantes”.
Pinie Katz, intelectual y periodista (fundador en 1918 del diario Di Presse), presencia como avanzan los Defensores del Orden en formación militar “por Corrientes, desde Callao a Pueyrredón, donde revolver en mano, disuelven al público y persiguen a los judíos, a los `rusos´. Rápidamente se cierran los negocios, las persianas bajan entre chirridos y, de vez en vez, en un negocio no judío, hacen corro el patrón, un vigilante, uno de las brigadas, y se comenta: -los rusos de mierda hicieron una revolución, incendiaron una iglesia, quemaron, quieren implantar aquí el bolchevismo…”.

Complicidad policial en la perpetración del pogrom
El 11 de enero constituyó en términos cuantitativos el día en que la futura Liga Patriótica mayores sevicias cometió en su cruzada antijudía. Ante el cariz que tomaban sus ataques, la alarma cundió entre algunos sensatos sostenedores del orden establecido. Así el diario La Nación criticó sin ambages el comportamiento de los grupos paramilitares de derecha, llamándolos a la cordura. Muchos comisarios seccionales veían azorados como los destacamentos policiales a su mando se llenaban de detenidos judíos, allí llevados en las peores condiciones por los “niños bien” que actuando por su cuenta, se abrogaban el derecho de apresarlos sin consultar a nadie.
Pero estas muestras de moderación eran minoritarias. El pogrom cometido por las brigadas de la reacción oligárquico-clerical solo fue posible con la complicidad, colaboración y aquiescencia de las fuerzas estatales de represión.
Uno de los mayores escritores judeoargentinos de la primera mitad del siglo XX, José Mendelson (cuyo nombre lleva la biblioteca de la AMIA porteña), en su libro 50 años de colonización judía en la Argentina, se refiere a la complicidad policial en los sucesos de enero. El siguiente párrafo constituye un aporte central sobre la cuestión:
“Pamplinas son todos los pogroms europeos al lado de lo que hicieron con ancianos judíos las bandas civiles en la calle, en las comisarías 7ª y 9ª, y en el Departamento de Policía. Jinetes arrastraban a viejos judíos desnudos por las calles de Buenos Aires, les tiraban de las barbas, de sus grises y encanecidas barbas, y cuando ya no podían correr al ritmo de los caballos, su piel se desgarraba raspando contra los adoquines, mientras los sables y los látigos de los hombres de a caballo caían y golpeaban intermitentemente sobre sus cuerpos (…) Pegaban y pegaban espaciosamente, torturaban metódicamente para que no desfallecieran las últimas fuerzas, para que no se prolongaran sin fin los sufrimientos. Cincuenta hombres, ante el cansancio de azotar, se alternaban para cada prisionero, en tanto que la ejecución proseguía de la mañana hasta pasado el mediodía, desde el atardecer hasta la noche y desde la noche hasta que despuntaba el día. Con fósforos quemaban las rodillas de los arrestados, mientras atravesaban con alfileres sus heridas abiertas y sus carnes emblandecidas (…). En la comisaría 7ª, los soldados, vigilantes y jueces encerraban en los baños a los presos (en su mayoría judíos) para orinarles en la boca. Los torturadores gritaban: viva la patria, mueran los maximalistas y todos los extranjeros”.
Por su parte el popular y amarillista vespertino Crítica trazó con rasgos acentuados una descripción sobre los padecimientos de los judíos porteños, a los que consideraba en su mayoría elementos religiosos, ajenos a la agitación obrera. Esa caracterización de un grupo étnico donde la religión predomina por sobre lo social es como mínimo audaz. Convengamos que el director de Crítica, Natalio Botana, era un feroz antiyrigoyenista y a la vez un genial e inescrupuloso formador de la opinión pública. Al manipular una imagen y reemplazar el estereotipo del “ruso maximalista” por el del “hebreo apolítico, pacífico observador de tradiciones bíblicas” reforzaba la visión de inocencia de una víctima atacada por cuestiones a las que era ajena. Una construida puesta en escena que acentuaba la culpabilidad del gobierno que permitía esa agresión.
Hecha esta salvedad, consideramos que Crítica documenta correctamente –a pesar de los efectos de truculencia habituales en su discurso- la participación policial en los ataques antisemitas al informar que: “hombres, mujeres y niños fueron maltratados brutalmente, con saña feroz, cual si existiera el propósito de extirpar a esa raza atormentada. Los rusos eran atormentados con saña feroz por los ebrios polizontes, y no pocos fueron ultimados a palos y bayonetazos. Se puede decir que ni un solo ruso salió ileso de las garras policiales. Por los pasillos del Departamento de Policía desfilaban los flagelados y ensangrentados. En el departamento central de Policía, cincuenta hombres, ante el cansancio de azotar, se alternaban para cada judío. Con fósforos quemaban las rodillas de los judíos mientras atravesaban con alfileres sus heridas abiertas. En la comisaría 7ª les orinan en la boca”.
Hay similitud en algunos párrafos entre lo publicado por Crítica contemporáneamente a los sucesos, con lo escrito por Mendelson varios años después de ocurridos los mismos. El recuerdo de este último tal vez fue mediado por esos juegos de la memoria donde lo observado directamente se complementa y potencia con lo escuchado o leído (en este caso en el diario de Botana) casi en simultaneidad a los acontecimientos.
Donde no hay juegos de la memoria es en el informe que el 22 de enero de 1919, apenas una semana después de acontecido el pogrom, el Comité de la Colectividad Israelita dirige al Ministerio del Interior enumerando los atropellos cometidos contra instituciones y personas judías. Resulta revelador de la equívoca actuación policial el siguiente párrafo donde se hace referencia al ataque a la sede de Poale Sión: “El viernes 10 de enero a las 6 p.m. llegó frente al local de esta organización, Ecuador 645, un grupo de particulares armados con revólveres y palos, y encabezados por agentes de policía y conscriptos. Desde la calle hicieron una descarga al interior del local. Luego forzaron las puertas y ventanas y, posesionados del local, destruyeron todos sus objetos: muebles, ventanas, puertas y persianas, y quemaron la biblioteca. Al mismo tiempo, vigilantes y particulares invadieron las habitaciones de los vecinos de la casa, disparando sus armas, golpeando con los sables y las culatas de los máuseres a cuanta persona, hombres, mujeres y niños tenían a mano. Acto continuo todos los hombres fueron detenidos y conducidos a la comisaría 7º, siendo todos ellos cruelmente maltratados en todo el trayecto y la misma comisaría. De aquí los trasladaron a la 9º. Cuando se produjo el ataque al local, sus moradores llamaron auxilio de la comisaría 7º, de donde se les contestó que los manifestantes saben lo que hacen”.
Llegó a ser tan grave y violenta la colaboración policial con las brigadas de la Liga Patriótica en la perpetración del pogrom que el 13 de enero el jefe de las fuerzas legales de represión, general Dellepiane, ante el cariz que tomaban los acontecimientos envió una circular a las comisarías de la Capital Federal ordenando se distinguiera claramente “entre los criminales a los que se está persiguiendo y los pacíficos miembros de la comunidad israelita”.

Koshmar a manos de los “niños bien traídos por la tormenta”
El 11 de enero se produce también la gran redada de los supuestos o reales dirigentes de la huelga general revolucionaria. Más de cinco mil obreros son detenidos. Anarquistas y “maximalistas” se constituyen en las víctimas propiciatorias. Muchos catalanes (o lo que las fuerzas de represión entienden por tales) son identificados como ácratas irreductibles. La definición de “maximalista” califica mayoritariamente al “ruso”. Y para las fuerzas de represión, “ruso” es el judío. Tal vez para justificar la violenta persecución antisemita que los grupos paraestatales vienen llevando a cabo, el gobierno nacional anuncia en esas horas que entre los detenidos se encuentra el “Presidente del Soviet Maximalista a ambas orillas del Plata”. La opinión pública se entera así de la existencia del tal Soviet. Y de su “Presidente”. Se trataba de Pinie Wald que había nacido en Polonia en 1886 y arribado dos décadas después a la Argentina. Wald era un periodista socialista de ideas moderadas que dirigía el órgano bundista Der Avangard, al tiempo que sumaba a su oficio intelectual el manual de carpintero. Su pensamiento estaba tan alejado del internacionalismo como del nacionalismo judío. El año anterior había publicado un artículo en Der Avangard que tituló sugestiva e irónicamente Ídish iz loshn koidesh, es decir, la verdadera lengua sagrada es el ídish. En el polemizaba con el naciente sionismo, al que acusó de pretender apartar a la clase obrera judía de la lucha por sus verdaderos intereses, que Wald entendía no eran otros que los de la clase obrera en general, sin diferenciaciones étnicas. Y de puro socialista bersteniano a la manera de sus referentes vernáculos Juan B. Justo o Nicolás Repetto, Wald se asumía reformista antes que revolucionario.
Pese a lo absurdo de la acusación contra Wald el gobierno se mantuvo en su postura, intentando reforzar la misma con la detención también del supuesto Secretario del supuesto Soviet, un judío ucraniano de apellido Suslow, cuyo más “temible” antecedente era desempeñarse como cuentenik en venta de ropa a plazos entre el proletariado de las barriadas obreras del sur porteño.
Esta operación que de tan burda resultaba tragicómica, fue aceptada durante bastante tiempo por los voceros gubernamentales, especialmente por el oficialista diario La Época que sostenía tener pruebas acerca de que Wald estaba destinado por los maximalistas judíos internacionales a convertirse en el primer presidente del Soviet argentino. Una editorial del 19 de enero firmada por su director, el diputado radical Delfor del Valle, insistía con la teoría del complot, fundamentando su análisis en el carácter refractario a la integración nacional de los judíos, y en la condición judaica de Wald y los demás detenidos. El órgano yrigoyenista era coherente con su prédica xenófoba. Una nota editorial previa advertía a los trabajadores en huelga (a esa altura de los acontecimientos en retirada y víctimas de una dura represión estatal), que “lo ocurrido les sirva en adelante para examinar con más atención el lenguaje y la procedencia de esos agitadores, que aparecen súbitamente en sus centros, sin ser obreros ni tener vinculación profesional alguna con los trabajadores”. Para La Época, el trabajador judío era un pernicioso ejemplo para sus pares de clase, no por su condición obrera sino por su pertenencia étnica.
La policía intentó “persuadir” a Wald para que confesara su responsabilidad en el complot maximalista. Pero este pese a haber sido torturado con especial saña, logró mantener la dignidad de su silencio. La intensa movilización popular, más las gestiones de la dirigencia del Partido Socialista y de modo especial de Alfredo Palacios, coadyuvaron para que se lo dejara en libertad. Una década más tarde narró algunos episodios de la represión durante la Semana Trágica en el libro que tituló Koshmar (“Pesadilla” en ídish, con este último nombre aparecerá la primera versión en castellano, editada sintomáticamente recién en 1984):
“Salvajes eran las manifestaciones de los ‘niños bien traídos por la tormenta’ de la Liga Patriótica, que marchaban pidiendo la muerte de los maximalistas, los judíos y demás extranjeros. Refinados, sádicos, torturaban y programaban orgías. Un judío fue detenido y luego de los primeros golpes comenzó a brotar un chorro de sangre de su boca. Acto seguido le ordenaron cantar el Himno Nacional y, como no lo sabía porque recién había llegado al país, lo liquidaron en el acto. No seleccionaban: pegaban y mataban a todos los barbudos que parecían judíos y encontraban a mano. Así pescaron un transeúnte: ‘Gritá que sos un maximalista’. ‘No lo soy’ suplicó. Un minuto después yacía tendido en el suelo en el charco de su propia sangre (…) No sólo se atacaba a los judíos. También se escuchaban (aunque más débiles) exclamaciones contra los españoles (gallegos y catalanes) y contra los extranjeros en general. Sin embargo, el odio contra los judíos tenía un carácter especialmente notorio, global e indiscriminado”.

El número de víctimas del pogrom, una mensura dificultosa
Ese odio notorio, global e indiscriminado contra los judíos, impide aún hoy contabilizar el número real de víctimas del pogrom propiamente dicho. Así ocurre por dos causas complementarias y concurrentes.
En primer lugar, porque aun asumiendo como forzosamente inherente a su martirologio el visceral odio racial que generaban en sus victimarios, las víctimas fueron tales en su doble condición de judíos y de trabajadores participantes de un suceso histórico que sacudió la vida argentina en los primeros días de 1919. Es entonces que el pogrom se inscribe forzosamente como una particularidad dentro de la violencia general de la Semana Trágica.
La segunda causa radica en las imprecisiones del dato factual, ya que a nueve décadas de esos sucesos tampoco las víctimas totales de la Semana Trágica pueden ser establecidas con meridiana corrección numérica.
Reiteramos al respecto lo que establecimos en el análisis sobre el saldo de decesos ocurridos producto de la convulsión social de enero 1919. La inmensa mayoría de los muertos y heridos eran hombres, mujeres y niños de la clase obrera a los que se atacó sin ninguna contemplación ni conmiseración. Los muertos de la clase trabajadora se contaron por centenas (o tal vez miles, ya que los cadáveres proletarios suelen no dejar a veces en la vorágine de la violencia de arriba que los convierte en tales, ni el recuerdo de su deceso, habitual destino de los NN de las fosas comunes); los de las fuerzas represivas en cambio, se contaron por decenas. Esa diferencia numérica entre unos y otros establece irreductiblemente la magnitud de la masacre perpetrada.
El historiador Ricardo Feirstein es uno de los estudiosos que trata de realizar un cuadro de análisis donde en teoría se pueda calcular el número de víctimas específicas del odio racial, escindidas de aquellas víctimas producidas por la represión de la huelga general (aún en el caso en estas últimas de su posible condición o pertenencia judía).
Así fija el saldo del pogrom en 1 muerto y 71 heridos, cifra extraordinariamente baja que no coincide con los informes contemporáneos a los sucesos. Por ejemplo, los reportes que algunos altos funcionarios del cuerpo diplomático y consular destacados en Buenos Aires elevan en esos días a sus respectivos gobiernos.
El embajador francés comunicó a París que la policía masacró de una manera salvaje todo lo que era o pasaba por “ruso” .Consignando también en su informe el caso de un delegado radical que en el Comité Capital de la U.C.R. se ufanaba de haber matado en un solo día cuarenta “rusos judíos”. Al no dar mayores precisiones sobre la identidad del tal delegado, puede que el diplomático haya considerado a los dichos de ese sujeto como simple bravuconada antisemita. Lo cual de todas formas demuestra lo indefensa que estaba la comunidad judía durante el pogrom. A merced de cualquier energúmeno amparado en la estructura del Estado. Es en esa clave de interpretación que a los muertos hay que sumar los heridos y las violaciones. El ultraje sufrido por las dos adolescentes que contaron llorando al periodista Soiza Reilly que “habían perdido entre las fieras el tesoro santo de la inmaculada”, fue similar al de muchas mujeres israelitas abusadas por su condición de tal. Cuántos judíos porteños nacidos en los albores de la primavera de 1919 son el producto de la violencia sexual contra sus madres, y a su vez cuántos abortos inducidos generó esa violencia, son dos interrogantes que no tienen respuesta.
Por su parte el embajador estadounidense informó a su gobierno haber contabilizado 1.356 muertos y 5.000 heridos como saldo de la Semana Trágica. En relación específica a la algarada antihebrea, el diplomático yanqui comunicó a Washington que había en el Arsenal de Guerra 179 cadáveres de “rusos judíos”.
Un oficial de policía que actuó en la represión, el comisario José Romariz, relativizó estas cifras, pero al mismo tiempo afirmó que un número indeterminado de judíos masacrados fue incinerado en los crematorios municipales sin haber sido identificados.
El Comité de la Colectividad Israelita en el informe que según ya mencionamos elevó el 22 de enero de 1919 a las autoridades nacionales, estimó un saldo provisorio y ambiguo de “pocos muertos y millares de heridos”.
Cualesquiera sea el número de víctimas del pogrom, estas sufrirán otra injuria. La del desvanecimiento de su memoria y su recuerdo en una operación de olvido construida conjuntamente –aunque con móviles distintos- por los sectores políticos gubernamentales responsables de haber permitido la perpetración de la tragedia, la jerarquía de la iglesia Católica que brindó la justificación ideológica a la masacre, y también por una parte considerable de la comunidad judeoargentina.

V. La construcción del olvido del pogrom olvido
La responsabilidad del radicalismo
El 25 de enero de 1919, en virtud de gestiones realizadas por el diputado oficialista Francisco Beiró, una delegación del Comité de la Colectividad Israelita logra ser recibida en audiencia por el titular del Poder Ejecutivo Nacional. Encabezada por el rabino Samuel Halphon, le hace entrega a Hipólito Yrigoyen de un documento donde denuncian los hechos ocurridos menos de dos semanas atrás. El presidente procede a leerlo tras manifestar que él mismo había sido un perseguido. En un momento dado Yrigoyen, visiblemente molesto les dice que la Comisión no debería haber acudido a él en nombre de la colectividad judía, sino en calidad de ciudadanos argentinos.
Los miembros de la Comisión le responden que se habían presentado a la audiencia invocando a la colectividad hebrea debido a que los ataques fueron dirigidos contra la población judía. Al concluir la tensa entrevista, Yrigoyen se comprometió realizar todo lo que estaba a su alcance para sancionar a los culpables de los excesos cometidos.
Era un compromiso que nunca sería cumplido. No hubo castigo alguno para los ejecutores del pogrom porteño. El presidente prefirió ignorar a los culpables de la matanza. La bancada radical en la Cámara de Diputados rechazó todos los pedidos de informes sobre lo acontecido, especialmente uno del senador socialista Mario Bravo.
Los biógrafos de Hipólito Yrigoyen han optado generalmente en sus obras por eludir con ambiguas paráfrasis y expresas galimatías, la responsabilidad de este en los sucesos de enero de 1919. Así Gabriel del Mazo afirma que no se puede dar una opinión categórica acerca de la actuación del presidente.
En tanto Manuel Gálvez niega incluso que en los sucesos de enero de 1919 se hubiese registrado hecho alguno de violencia antisemita. Da en cambio como cierta la existencia del complot maximalista, “dirigido desde Montevideo por algunos rusos”. Para Gálvez `la mayoría de los muertos no son obreros: son gente que iban o venían por la calle o que estaban en su casa o que se asomaron a la ventana y recibieron un balazo. Es una tragedia para Buenos Aires. Aparte de los hermanos o los hijos de las víctimas, nadie las compadece tanto como Hipólito Yrigoyen, el presidente de la República. Aquella sangre que ha debido derramar para salvar el país de una revolución maximalista, le llena de profunda tristeza. El ha cumplido con su deber, pero queda hondamente afligido´.
Félix Luna en su conocida biografía sobre Yrigoyen, considera que tanto en relación a la Semana Trágica como a la represión de la huelga de peones laneros en Santa Cruz dos años después `…se exageró con harta malevolencia la conducta gubernativa en esas circunstancias; pero lo cierto es que la mayor parte de los desmanes cometidos, lo fueron por elementos sobre los cuales el gobierno no tuvo posibilidad de ejercer un cabal contralor´.
Específicamente con respecto a los ataques a la población judía, Luna reduce la autoría de los mismos a `las bandas organizadas de la “Liga Patriótica” del Dr. Manuel Carlés (que) incursionaban por los barrios ricos en población judía, efectuando “pogroms” y desmanes sin cuento, mientras los crumiros y esquiroles de la “Asociación del Trabajo” del Dr. Joaquín S. de Anchorena tomaban represalias contra los locales sindicales y sus dirigentes´.
Pese a estas visiones edulcoradas o directamente prescindentes sobre la responsabilidad de Yrigoyen, su gobierno y su partido en la consumación del pogrom, las investigaciones recientes corroboran en base a testimonios de los protagonistas y a las publicaciones periodísticas, contemporáneos en ambos casos a los hechos, el papel fundamental cumplido por el oficialismo radical, no solo por su culposa omisión del dejar hacer a otros, sino por su directo accionar en la persecución racial.

En efecto, fueron elementos yrigoyenistas quienes a órdenes del presidente del Comité Capital de la U.C.R., Pío Zaldúa, tomaron el Departamento de Policía al retirarse el ejército. Y desde esa formidable base de operaciones se sumaron con total impunidad a la “caza del ruso”. Sandra McGee y David Rock coinciden en que el partido radical convocó a 2.000 activistas para defender al Gobierno. Ya hemos detallado las editoriales del vocero gubernamental La Época durante y con posterioridad a la consumación del pogrom, acusando a los judíos en su carácter de tal, de intentar llevar a cabo una revolución en contra no solo del gobierno sino de la sociedad en su conjunto.
En consonancia al órgano oficialista, el 15 de enero con los últimos estertores del pogrom, el Comité Nacional de la U.C.R. repudió la “acción violenta de elementos ajenos al país”.
En idéntica sintonía, el dirigente ultra yrigoyenista Elpidio González, a la sazón detentando el puesto clave de jefe de Policía de la Capital, denunció que la `intensa agitación anarquista (es/fue) provocada por numerosos sujetos de la colectividad ruso-israelita y la propaganda que hacen en ruso y hebreo; algunos de sus componentes tomaron activa participación en el atentado contra el asilo e iglesia de Jesús Sacramentado´.
El órgano socialista La Vanguardia denunció que la oficialista Revista del Plata había trucado fotografías para hacer aparecer a los judíos como agitadores.
El diario La Razón destaca el 14 de enero la responsabilidad por acción y omisión del gobierno en la perpetración del pogrom, al sostener editorialmente que si `las voluntades dirigentes hubieran dado señales de vida hace tres días, sin duda alguna que los que se dedicaron a la caza de judíos, no lo hubieran hecho´.
Tanto era esto así que según el testimonio de un alto funcionario policial, el día 11 por orden del Ministerio del Interior se entregaban revólveres Colt en las comisarías seccionales de la Capital a elementos civiles que partían así armados a perseguir “rusos y catalanes”. Según esta fuente, esas fuerzas de choque provenían de los comités radicales.
Existió incluso el caso de un delegado al Comité Capital de la U.C.R., que se vanaglorió ante un diplomático extranjero, de haber matado, él solo, en un día, cuarenta rusos judíos. Sobre este episodio en particular ya hemos comentado la posibilidad de que no hubiera tenido entidad real y no pasara de ser una bravata de ese sujeto, pero es sintomático de la impunidad y protección oficial con la que contaron para su accionar los perpetradores.

La interna judía
El pogrom fue un hecho que violentó no solamente desde afuera al judaísmo argentino. Operó también como disparador de hondas diferencias internas de una comunidad que si para sus enemigos era demoníaca y estereotipadamente homogénea, en rigor de verdad era profundamente heterogénea.
La derecha de la colectividad, que encontraba representatividad institucional en la Congregación Israelita (sector religioso conservador de origen alemán) hizo lo posible para tomar distancia de los socialistas y anarquistas judíos. Con ese objetivo difundió un comunicado (firmado también por otras entidades judías “de beneficencia”) que titulado Al Pueblo de la República, en esencia afirmaba que `150.000 israelitas purgan los delitos de una minoría cuya nacionalidad no es excluyente y cuyo crimen infamante no ha podido gestarse en el seno de ninguna colectividad, sino en la negación de Dios, de la patria y de la ley´. El rabino de la Congregación, Samuel Halphon, ofreció inclusive `ayudar a la policía a desarraigar los elementos nocivos de la colectividad judía´.
Fue una actitud vergonzante e inútil ya que no les sirvió de nada arrodillarse ante los poderes públicos .El jefe de Policía, Elpidio González, rechazó el reclamo de la Congregación Israelita, justificó las atrocidades y respondió que los presos y los muertos `no tenían perdón porque eran anarquistas y tratantes de blancas´. Ya hemos visto el trato frío y distante del presidente Yrigoyen en la entrevista con miembros de esa Congregación.
Los judíos de la clase trabajadora, militantes o no de organizaciones sindicales o políticas de izquierda, no ocultaron su indignación y repudiaron esta claudicación de la derecha judía
El 17 de enero el diario Di Presse criticó la actitud del judaísmo oficial: `Sostenemos que en los trágicos días debíamos haber publicitado con mucha mayor dignidad y energía nuestros sentimientos y pensamientos, tal como fue hecho por diversos escritores anónimos y representantes del movimiento obrero. No hay que arrodillarse ante los bárbaros, que actuaron en forma tan brutal, asaltando hogares, arrestando a centenares y centenares de trabajadores, utilizando viles calumnias y maltratando y pegando a mujeres y niños indefensos. Nuestra protesta debió haber sido clara y precisa. Se debió haber culpado a la policía como la responsable de las brutalidades cometidas. Ella apoyó a los falsos patriotas que, con la bandera argentina en sus manos y entonando el Himno Nacional, marchaban por los barrios pidiendo nuestra muerte. Todas las salvajes arbitrariedades fueron cometidas por la policía o apoyadas por ella´.
Por su parte los socialistas judíos en las páginas de Der Avangard también denunciaron la actitud medrosa de la derecha comunitaria y reiteraron sus acusaciones contra las fuerzas de seguridad: `La policía y el Ejército no sólo permitieron el criminal pogrom contra los judíos, sino que con sus armas ayudaron a perpetrar las salvajes acciones de la Guardia Blanca. La organización Avangard ve en esto la oscura política del gobierno radical, que se asemeja a la ya desaparecida política pogromista del ex gobierno zarista en Rusia, y declara que con mucha energía y decisión proseguirá con su militancia socialista para el logro de una vida mejor en la Argentina´.
Es de destacar que en los días posteriores al pogrom el Comité de la Colectividad Israelita que lograría audiencia presidencial recién el 25 de enero, no integró a sus filas a ningún representante de los partidos de izquierda ni de los centros o sindicatos obreros, muchos de cuyos dirigentes (como Pinie Wald) sufrían en ese momento detención y tortura a manos de las fuerzas policiales. La movilización a favor de la liberación de estos partió por fuera de este Comité, cuando ante tanta inoperancia sus compañeros de militancia lograron la solidaridad de políticos e intelectuales de peso y renombre (Alberto Gerchunoff, González Pacheco, Arturo Cancela, Alfredo Palacios, entre otros) que hicieron suya la bandera de los detenidos proletarios judíos.
Es en esta clave de disensos intracomunitarios que el pogrom puede ser leído como un momento de profundización de las hondas diferencias que en términos de clase e ideología, mostraba el judaísmo argentino.

La jerarquía católica, principal responsable ideológica del pogrom, lo relega al olvido
En los albores de la Semana Trágica, mientras la huelga en los Talleres Pedro Vasena entraba en una escalada de violencia pronta a salirse de madre por la intransigencia patronal unida a la brutalidad policial contra los trabajadores, José Ingenieros advirtió sobre las bandas reclutadas entre `los estudiantes y ex alumnos de los colegios jesuíticos, que son manejados por algunos sacerdotes que hacen política clerical militante al servicio de las clases conservadoras´.
Ocurrido el pogrom, el cura Dionisio Napal continuó con su prédica antisemita en las esquinas de las barriadas con alto porcentaje de población hebrea, arengando a los curiosos y viandantes preocupados por el desabastecimiento y el alza de los productos de primera necesidad, con un discurso acomodaticio a las circunstancias en el que denunciaba que `los judíos son los únicos culpables de la escasez; son sanguijuelas expulsados de todos los países´. La presencia de Napal en esos espacios no entrañaba ningún valor personal, por el contrario visualizaba a un individuo cobarde y provocador que solo se animaba a dar sus bravatas en esos lugares, convenientemente protegido por matones y policías
Este sacerdote fanático era solo la cara visible de fuerzas igualmente oscurantistas, pero con capacidad de medir tiempos y situaciones. Tal el caso del obispo Miguel de Andrea, uno de los fundadores de la Liga Patriótica Argentina. Su explicita colaboración con los sectores del privilegio le valió el aporte pecuniario de estos para que diera comienzo a las obras de el “Ateneo de la Juventud” y la “Casa de la Empleada”.
No significaba esto que la gran burguesía argentina y su mentor ideológico, la Iglesia católica, hubiera abandona sus métodos explícitos para tratar con el proletariado levantisco y los “agitadores extranjeros”. Ocurría que los sectores menos recalcitrantes (de la burguesía y de la jerarquía católica) aceptaban a regañadientes que `la única manera de parar la marea social es haciendo algún esfuerzo para saciar la apetencia de las masas´. Así, a instancias del Episcopado Argentino y bajo el lema “Pro paz social”, la Unión Popular Católica Argentina lanzó la idea de una gran colecta nacional destinada a proporcionar fondos para `un plan de obras, viviendas, ateneos, servicios sociales e institutos de enseñanza para la clase obrera´.
En virtud de esta táctica gatopardista, a la jerarquía católica no le convenía mantener ni menos levantar como estandarte de lucha, el recuerdo de las salvajadas cometidas por sus propios cuadros contra la población judía en 1919. Su antisemitismo persistirá, pero formulado en el terreno de las palabras antes que de los hechos concretos de violencia. No obstante la amenaza de nuevos pogroms siempre estaba latente en ese discurso que será el oficial de la Iglesia católica argentina, por lo menos hasta que la magnitud del Holocausto de la judería europea primero, y la celebración del II Concilio Vaticano después, lo tornarán políticamente incorrecto. Ya por entonces la jerarquía eclesiástica había relegado convenientemente su participación en el pogrom al olvido con el simple y eficaz recurso de negar que alguna vez hubiera existido el mismo. Por otros motivos, de igual manera había funcionado el mecanismo de negación del pogrom hasta límites de su casi inexistencia, en el imaginario colectivo del judaísmo argentino.

“El pogrom de la Semana Trágica es un tabú del que nadie habla”
Durante décadas los ataques antijudíos de 1919 fueron ignorados por gran parte de la judeidad argentina. Una larga transmisión de silencios de una generación a otra, indicaba que esos hechos constituían una lamentable pesadilla que había que olvidar. Hasta que los atentados terroristas de 1992 y 1994 le dieron al tema una perspectiva que revalorizó la memoria del pogrom, en tanto este se constituyó de alguna manera en un antecedente a tener en cuenta para tratar de entender el porqué de esos ataques fundamentalistas.
Esa es el criterio que sobre la cuestión sustenta la historiadora Silvia Schenkolewki-Kroll, especializada en el estudio en las corrientes político-ideológicas de los judíos en la Argentina. Interesada en el fenómeno de negación dentro de la comunidad del pogrom de 1919, considera que a partir de los atentados de la Embajada de Israel primero y de la AMIA después, y del carácter más pluralista de la sociedad argentina, estos “olvidos” pueden recuperarse.
Sostiene que `el pogrom de la Semana Trágica en la construcción de la memoria del judaísmo argentino se puede dividir en dos partes. Una es la siguiente: cuando comenzó la historiografía judía argentina por los años ’70 el tema recién se empezó a tratar. Una bibliografía exhaustiva de Alan Metz sobre la Semana Trágica registra que antes de los ’70 no hubo investigaciones sobre el tema. Lógicamente, fue recordada cuando se produjeron los hechos mismos. También está el famoso libro del periodista judío de izquierda Pedro “Pinie” Wald, escrito en 1929 como memorias sobre esa Semana Trágica y llamado Koshmar (en idish significa “pesadilla”). La memoria judía de la Argentina evita el tema de la Semana Trágica. Según mi opinión, hicieron eso porque no lo vieron como parte de la adaptación, de la inserción en la sociedad argentina, sino que lo percibieron, como dijo Pinie Wald, como una pesadilla de la que había que olvidarse. Fue y pasó. Eso no se repitió más ni se tiene que volver a repetir. Entonces, es una cosa que no ha dejado huella. Se escribieron algunas obras de teatro que tocaron el tema pero en la memoria colectiva operó como algo que debió ser borrado. Y se trató de ver siempre a la República Argentina como un lugar positivo, un país donde los judíos podían vivir y adaptarse.
El antisemitismo, como lo expresó la DAIA en los años ’30, es visto como algo exótico, como si no hubiera un antisemitismo argentino sino más bien algo importado del III Reich. Quiere decir que éste fue un episodio borrado: no hay ningún monumento conmemorativo a las víctimas de la Semana Trágica, no hay ningún lugar que recuerde lo que pasó durante la Semana Trágica en el pogrom del barrio de Once, algo que lo perpetúe, como debería suceder. Eso no ocurre ni en un espacio público ni tampoco en un cementerio. En aquella época ya estaba el cementerio judío de Liniers y no hay ningún monolito que recuerde ese acontecimiento. Lo que sucedió en la Argentina en 1992 (cuando fue el desastre de la Embajada de Israel) y más todavía lo que pasó en la AMIA en 1994, eso sí tiene sus recordatorios y se puede ver la fila de árboles en la calle Pasteur con los nombres, también dentro del patio del predio de la AMIA. Creo que han puesto un poco a la Semana Trágica en otra perspectiva. Es decir: ese tipo de cosas puede pasar en la Argentina. Sería interesante ver si cuando lleguemos al año 2009 (y se cumplan 90 años) alguien va a tomar la iniciativa de recordar ese hecho. A mi modo de ver, desde el inicio de la democracia la Argentina se ha vuelto un país más pluralista y menos monolítico de lo que era antes. Por eso quisiera creer que, sin desmedro de la posición y el lugar que ocupan los judíos como personas y colectividad, harán algo con esa fecha histórica.
El olvido casi deliberado tiene que ver también con el mito de la Argentina como “crisol de razas” y con que la Semana Trágica fue un episodio que no debemos recordar. Es interesante saber que la gente que la ha vivido (porque yo soy de una generación posterior) de eso no hablaba. Podían hablar del pogrom de Rusia de 1905, que fue uno de los motivos por los cuales parte de mi familia emigró de Rusia a la Argentina. Pero lo que había sucedido acá en 1919 era un tema del que nadie quería decir nada. Incluso judíos muy concientizados de eso no hablaban, no se querían acordar. Se contaban muchas cosas, pero de eso no. Y me da la impresión de que era un tabú en el recuerdo de la generación que la había padecido´, concluye Schenkolewki-Kroll.

“De Moisés a Moisés, no hubo otro Moisés”
En igual sentido que la historiadora Schenkolewki-Kroll se expresa su colega Osvaldo Bayer, al recordar éste un hecho ocurrido en la década de 1960, y del que fue parte protagónica cuando `tratamos de que los terrenos donde había comenzado el drama –los de los establecimientos Vasena, que habían sido demolidos- pasaran a llamarse “Parque Mártires de la Semana Trágica”, justamente el dirigente Augusto Vandor se opuso y propuso llamarla “Plaza Martín Fierro”. Nombre que hoy lleva. Claro, del pasado no se habla porque estaban involucrados Yrigoyen, los radicales, el ejército y personajes de la “guardia blanca” que luego pasaron a ser próceres: Manuel Carlés, el Perito Moreno, el cura Miguel de Andrea, etc.’, concluye Bayer. Su opinión acerca de que a intereses contemporáneos sigue incomodando la evocación de los hechos de 1919, entendemos sintetiza la causa de la construcción de este olvido.
Es que la negación o al menos la dilución de la memoria del pogrom, en una nebulosa de mitos y tergiversaciones evitó que el recuerdo de éste se constituyera en molesto obstáculo a la legitimación de los roles contemporáneos que sus protagonistas (en tanto actores sociales) fueron ocupando en el imaginario colectivo.
Así fue en el caso de la Unión Cívica Radical, partido oficial de gobierno durante los sucesos, que como vimos fue responsable fundamental en la perpetración del pogrom, ora por acción, ora por omisión. Pero el radicalismo decantó sus aristas de intolerancia racial a lo largo de la década de 1920 y en especial luego de su defenestración en 1930, expurgando de sus filas a los elementos más reaccionarios y antisemitas, muchos de los cuales partieron en los varios cismas que sufrió la U.C.R. a destinos situados más a la derecha en el calidoscopio político argentino. Si en las primeros tiempos de la Argentina Moderna, era el Partido Socialista quien convocaba mayoritariamente la participación política dentro del sistema de ciudadanos judíos -al punto que la intolerancia ultramontana nominaba despectivamente al socialismo como “la sinagoga”-, con el correr del siglo el judaísmo argentino nutrió de militantes no solo a otras fuerzas de izquierda (en modo especial al Partido Comunista), sino también –y con entidad numérica en sus sectores medios- a la Unión Cívica Radical.
La figura paradigmática de esa feliz entente entre la creciente clase media judía y el partido de ideales liberales e integradores que expresaba a la cada vez más vasta clase media argentina, fue sin dudas Moisés Lebensohn. Fundador del Movimiento de Intransigencia y Renovación, combinaba una prédica profundamente democrática con una honda preocupación por las reformas económicas y sociales, que entendía eran banderas que el radicalismo no debía dejar en manos de su flamante y exitoso adversario, el peronismo. Muerto prematuramente, ha sido elevado por la tradición radical a un selecto Olimpo que comparte en pie de igualdad con figuras de la talla simbólica de Alem, Yrigoyen, Alvear o Illia. El conocido proverbio que alude a Maismónides puede ser glosado para definir en las mas caras tradiciones de la política argentina a este ruso de Junín: “de Moisés a Moisés no hubo otro Moisés”.
Moisés Lebensohn es entonces el arquetipo ético de un radicalismo que abjuró mediante el silencio de su rol victimario, para asumirse con legitimidad vocero de las víctimas del pogrom. Fue la figura más conocida entre innumerables cuadros judíos que hicieron del radicalismo (en ambas fracciones: la unionista y la intransigente) su hogar político para siempre. Así David Bleger, ministro de Trabajo durante el gobierno de Frondizi, fue el primer judío en alcanzar tan alto cargo en el Ejecutivo Nacional. Rodolfo Bercovich ocupó la intendencia rosarina durante la presidencia de Arturo Illia. Arturo Mathov, Cesar Jaroslavsky, los hermanos Stubrin, Ismael Viñas, Santiago Nudelman, son solo algunos de los nombres que destacan en las administraciones radicales recientes.
En este estado de integración, se tornaba contraproducente para el radicalismo en su conjunto, traer al presente el recuerdo del pogrom. La gran mayoría de estos judíos, fervorosos militantes de la Unión Cívica Radical, pertenecían a la clase media. Dato este que nos da otra clave en la construcción del olvido del pogrom. En este caso por parte de los afectados. La colectividad judía argentina protagoniza en las décadas de 1920 y 1930, un rápido proceso de avance social. Los sectores medios sobrepasan a los proletarios. Es un paso cumplido en pocos años donde la argentinización, la educación intracomunitaria, los avances económicos, visualizan una integración real a un imaginario colectivo donde el emigrante europeo se ve superado numéricamente por sus hijos nativos. Al judaísmo ortodoxo fundado en principios religiosos y al judaísmo internacionalista fundado en principios ideológicos, le sucede un judaísmo laico, “sarmientino”, nacional, en que se constituyen estas nuevas generaciones definitivamente argentinas. Su norte pasa por la premisa integracionista de Alberto Gerchunoff: “Sión es la Argentina”. La patria es entonces un valor altamente positivo, el territorio físico y simbólico donde gentes de distintas religiones y procedencias pueden mancomunarse en un proyecto común e igualador.
Es en ese convencimiento de pertenencia al país construido a lo largo del siglo XX, que para los judíos argentinos el pogrom de 1919 fue, como sostiene Silvia Schenkolewki-Kroll, algo que vino y pasó. Una pesadilla que nunca más volverá. Ningún sentido tenía recordarla. Solo era un mal sueño al que había que aventar con pensamientos positivos.
Ayudaba a ese olvido el cambio de clase social del judaísmo argentino. Si la pertenencia actual era a los sectores medios y las víctimas casi excluyentes del pogrom habían sido proletarios, se tornaba más fácil tomar distancia con las víctimas.
Y en esa toma de distancia, radica tal vez la razón última de la eficacia de la operación de olvido construida conciente o inconcientemente por todos los actores sociales involucrados (Unión Cívica Radical, jerarquía católica, colectividad judeoargentina), al escindir las víctimas del pogrom del contexto social al que pertenecieron.
Porque como escribió Osvaldo Bayer, otro de los historiadores que hemos citado en este trabajo: `no eran ni “perturbadores extranjeros” ni “rusos” ni “terroristas” como los medios oficiales y del poder trataron de disfrazar el crimen. Eran obreros que querían tener los derechos de la dignidad y de la vida: las sagradas ocho horas de trabajo. Los panaderos y los yeseros ya habían conseguido –por su lucha– las ocho horas en 1898, los metalúrgicos, en 1919, todavía trabajaban nueve horas por día. Por eso la huelga y por el lugar de trabajo para los despedidos. Dignidad y Justicia. La respuesta del poder fue bala y más bala. Con los uniformados de siempre. Esta vez ya con la ayuda de los muchachos del barrio Norte, las guardias blancas, la llamada después “Liga Patriótica Argentina”. Salieron a matar “anarquistas, rusos, judíos y enemigos de la Patria”. Las calles de Buenos Aires quedaron teñidas de sangre obrera…. Pero luego de la matanza pasó a ser un tema del cual no se habla´.
Ha sido intención de los autores de este trabajo rescatar hechos y sucesos relegados al silencio y al olvido…o peor aún, tergiversados ex profeso en la nebulosa del recuerdo. La entidad -o no- que hayamos logrado con nuestra investigación está subordinada a esa premisa. Para nosotros el ataque antisemita ocurrido en 1919 en la ciudad de Buenos Aires, amerita similar lectura en clave de odio racial que esconde intereses de clase, que las masacres de niños y adultos indígenas indefensos perpetradas en el Chaco en 1924 y en Formosa en 1947, impunemente asesinados en ambos episodios por haberse atrevido a reclamar impelidos literalmente por el hambre, el pago de los míseros jornales que les adeudaban los contratistas de las empresas obrajeras, lugares estos donde con la complicidad de las autoridades territoriales, se los explotaba en condiciones de total iniquidad. ¡Vaya paradoja!, tanto el pogrom como las matanzas de Napalpí y Rincón Bomba ocurrieron bajo la directa responsabilidad de gobiernos electos democráticamente por el pueblo argentino. También por esta coincidente circunstancia una razón de Estado en apariencia ineluctable los condenó al olvido. Afortunadamente a partir de la restauración institucional tras la negra noche de la última dictadura militar, y en especial en los años recientes, una sociedad argentina abierta y plural entiende que lo ineluctable debe dar paso a lo ineludible. El pasado no se puede eludir. Tarde o temprano en la historia, los silencios gritan.

Florencia Pagni y Fernando Cesaretti.
Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario
grupo_efefe@yahoo.com.ar
http://grupoefefe.blogspot.com

http://grupoefefe.blogspot.com/2008/10/enero-rojo-la-semana-trgica-y-el-pogrom.html

9 comentarios to “Una mancha en la historia de la Argentina: La matanza de judíos del año 1919”

  1. El unico país de America donde hubo tres matanzas masivas de judios

    Pogrom de 1929
    -170 muertos

    atentado terrorista en la embajada de Israel
    – 33 muertos

    atentado terrorista en el centro de la comunidad judía (AMIA)
    – mas de 80 muertos

    Argentina,cuna de nazis,juntamente con Chile,cuna de nazis europeos e islamonazis ”palestinos” son la verguenza de America Latina !

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  2. dos paises de mierda que deberian dejar de existir por el bien de la humanidad…jejeje

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  3. Lo único que puedo decir en favor del país donde naciste,Galili,en comparacion con el mío por lo menos en Chile no hubo matanzas de judíos (Tal vez porque nunca hubo la misma cantidad de judíos que en Argentina y la ”tentacion” de asesinarlos fue menor) y en Argentina hubo ya tres.

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  4. ¿Una mancha en la historia de Argentina? esto es horroroso, los pueblos que olvidan su historia irremediablemente la repiten, o si no como es que hubieron dos atentados mas y la comunidad judia que ha hecho?

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  5. Sin palabras… pero cabe la casualidad de que ese año de 1919 llegaron a puertos Salvadoreños vapores llenos de judios que llegaban escapados de quien sabe donde??? posiblemente fue de Argentina, siempre pense que habian llegado de Brazil. Siendo yo la 4ta. generacion de una de esas familias que llegaron a Centro America. No se de donde ni creo que interese mucho saberlo, lo unico que se es que soy Judia y gracias al valor de mis antepasados estoy repatriada y con la esperanza de volver a Israel.

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  6. EL PUEBLO JUDIO NACIO SUFRIENDO POR SU FE TAN SINCERA AL CREADOR CON MAS AMOR QUE CUALQUIER OTRO SER — FUE EL PUEBLO QUE VIVIO MAS MILAGROS QUE NADIE SE IMAJINA — EL ODIO HACIA EL JUDIO NO ES NI FUE NADA NUEVO — ESO EXISTIO SIEMPRE ENTRE LAS PERSONAS INCLUSIVE ENTRE HERMANOS –CAIN MATO A SU HERMANO — SARA ODIO AL HIJO DE SU SIRVIENTA ISMAEL QUE LE ENTREGO DE SU VIENTRE POR CAUSA DE BRINDARLE A SU ESPOSO HABRAAM — RAQUEL ODIO A SU PROPIO HIJO ESHAV SIENDO MELLISO DE IAKOV DENTRO DE SU PROPIO VIENTRE — LOS HERMANOS DE IOSEF LO ODIARON Y LO TIRARON A UN POZO HASTA QUE LO VENDIERON COMO ESCLAVO A LOS EJIPCIOS — CUANTO SUFRIO IOSEF HASTA PRESO ESTUVO — SU FE HACIA DIOS LO LLEVA A TRIUNFAR EN SU RECORRIDO DE SUFRIMIENTO HASTA VER DE VUELTA A SU PADRE —- LA HISTORIA DEL PUEBLO JUDIO ES UNA CONFIRMACION DE PUEBLO SUFRIDO …..TODO ERRANTE QUE LLEGA A UN PAIS Y TRIUNFA ES ODIADO NO IMPORTA QUE ES… JUDIO O CRISTIANO – EVANGELISTA O GITANO– LA CUESTION ES ODIARLO POR SUS TRIUNFOS….AMAR AL PROJIMO TIENE SUS PROBLEMATICAS….. UNA SOLA PALABRA ……PORQUE ????

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  7. Soy argentino orgulloso de mi país, no fuimos cuna de nazis como ligeramente se dice,lamento este tipo de expresiones intolerantes.-

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  8. No es un comentario hecho a la ligera, tambien se menciona que es el unico pais de latinoamerica donde se ha asesinado judios, aunque en apoyo a tu comentario, tambien es cierto que los nazis no representan al pueblo argentino.

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  9. No se juzga a un país a la ligera, ni Argentina, ni Chile, ni a nadie, en todos los países hubo una historia negra que decir,que no fue culpa del pueblo o la gente en si, sino de políticas antisemitas marcadas por un odio que no proviene de acá. Tendríamos que fijar posiciones ante esto y aprender que no se tiene que repetir jamas, ni en judíos, ni negros, ni pueblos nativos, ni blancos, etc., pero parece que el juicio a la ligera hoy en día abunda, y por sobre todo se generaliza. Si el pensamiento es así de pobre, ¡Dios mío! Hay culpas sin culpables presos; pero hay responsabilidades sin ejecutantes libres.

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