El día después… y por supuesto, siguieron las bendiciones sobre el mundo.

por Arturo

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El pasado viernes iba a ser el último de nuestras vidas.

Fue un día normal, embellecido por la perspectiva de celebrar el Shabat en casa de unos buenos amigos. Ya desde días antes yo mostraba escepticismo ante las tonterías que se barruntaban por todos lados. La gente comentaba el asunto, con sarcasmos y risas. Pero seguro que alguno de ellos no estaba muy seguro de ellas.

En mi caso era diferente. Yo sabía que una catástrofe de esas dimensiones sólo podía tener origen natural o divino. Natural, descartado… no habían noticias de que ningún astro de considerable tamaño hubiese sido detectado por ninguno de los miles de ojos que escrutan el espacio. Y divino, también lo descartaba. Hay mucho de bueno en el mundo, pese a su maldad, para que Ha Shem aplastase su Creación como quien apaga un cigarrillo a medias.

Cuando tomé el coche para dirigirme a casa de mis amigos, de repente me di cuenta de que el horizonte estaba muy oscuro. Y había viento. Sin abandonar mi escepticismo respecto a los negros augurios mayas (¿Qué podíamos esperar de aquellos que arrancaban el corazón a sus prisioneros para ofrecerlos a esos absurdos dioses a quienes adoraban?), tomé el camino hacia mi fin de semana especial.

Evidentemente pienso. Y me preguntaba cuantas personas de poca fe podían estar viviendo momentos de angustia en el mundo. Pensaba en mi hijo, y lo difícil que sería para mi que sucediese algo que borrase al Ser Humano de la faz de la Tierra. No por mí, sino por él. Yo no quiero que le suceda nada. Nada. Quiero que sea feliz y que complete el ciclo de su vida de la manera más hermosa que pueda. Como el resto de niños inocentes cuyo futuro se están cargando cuatro sinvergüenzas.

Avanzada la tarde, tuve que acudir a una farmacia por un dolor de muelas. Iba acompañado y guiado por la hija de mis amigos. El viento había cogido fuerza, y la verdad es que como decorado para el final del mundo venía pintiparado. No puede evitar hacerle la observación de que muchos tontos estaban ahora empezando a temblar de miedo… ¿Cómo es que la gente hace caso de tantas estupideces? La niña (ya no tan niña) esbozó una sonrisa.

Ella es judía, y yo voy siguiendo esa estela. Y ambos sabemos que para que suceda algo grande en el mundo aún falta algo importantísimo… la llegada del Mesías. Pero del Mesías de verdad, ese que traerá una época de paz y armonía entre todas las gentes. Y este no ha llegado hasta el momento. Así que el mundo debe seguir.

Fue una noche difícil para mí, pero difícil exclusivamente por mi dolor de muelas y encías. Por nada más. Pasadas las once de la noche por supuesto hubo comentarios jocosos acerca de la puntualidad impuntual de ese nuevo fin del mundo.

Al día siguiente, cuando según esos sanguinarios guerreros decían que ya no habría mundo, al día siguiente amaneció uno de los más bonitos desde hace ya semanas. El sol lucía radiante. Desde el balcón de la casa de mis amigos yo veía a la gente acudir a sus cosas, los niños jugando en el parque, los coches circulando por las calles como cualquier otro día. Y a la derecha, al fondo, la franja azul del mar. Un mar que justamente en ese momento, en el que el mundo no debía existir ya, estaba más bonito que nunca.

A mis espaldas escuchaba las letanías en hebreo de mi rabí y de mis amigos. Las mismas de siempre, las mismas que desde hace cientos de años recita cada judío dando gracias a D-os por todas las bendiciones que Éste derrama sobre nosotros.

Y por supuesto que fue un buen día. Uno más en la vida de cada uno de nosotros.

Atrás quedaron muchos avergonzados ante sus familias, ante sus hijos, ante sus amigos. Muchos tremendistas despertaron al fin de una pesadilla absurda en la que ellos mismos voluntariamente se metieron por su falta de referencias en la Vida.

Dí gracias a D-os por ese nuevo día. Como hago siempre que me acuerdo de ello. Como hago siempre que mi corazón se da cuenta de las innumerables bendiciones que nos rodean. Es justo y necesario, es de bien nacidos ser agradecidos.

Además, esa misma tarde un buen amigo del trabajo me comunicó, tras buscarme en Facebook, que me había tocado la súper cesta que entre los empleados de mi empresa habíamos comprado. Una súper cesta que me alegró la tarde y el día, porque imaginé la felicidad que iba a sentir mi hijo al ver el enorme jamón que la domina. Porque yo, evidentemente, no como jamón. Y lo hago a gusto. Y a él, a mi hijo, le digo que tiene de tiempo todo el que yo sí que lo comí durante mi vida. Y si él ve que llego a la vejez sin sufrir enfermedades degenerativas como el terrible Alzheimer o el Parkinson, que se plantee si no habrá sido por abstenerme de consumir cerdo, uno de los preceptos del modo de vida judío.

Evidentemente, si acabo mi vida con alguna de esas lacras, que haga lo que considere oportuno. Eso también se lo he dicho. Es mi hijo. Y no lo quiero engañar ni condicionar. Yo le digo lo que hay, y él que decida. Que bien listo es (otra de las maravillosas bendiciones que Él me ha regalado)

Así que como todos los años desde hace algunos, la práctica totalidad de la cesta se va a su casa (soy divorciado y él vive con su madre). Este año aplaudirán con las orejas, como se dice aquí… 😀

Como bien leí en una inteligente publicación de un amigo… ¿Cómo se va a terminar el mundo en Shabat? Impensable, jajajajaja…

A esperar otra histeria agorera de tanto tonto como hay en el mundo. Y aún se las creen muchos.

Shalóm.

2 comentarios to “El día después… y por supuesto, siguieron las bendiciones sobre el mundo.”

  1. Amigo hace mas de 2000 años el Mesias de verdad el verdadero ya vino…. Busla el te ama

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