Erdogan, el neo-otomano

por edwin2295

Por: Clifford May

Turquía debería haber formado parte de la solución; en cambio, se ha convertido en parte del problema. El problema, por supuesto, es la difusión del yihadismo por todo Oriente Medio, el norte de África y más allá.

Ankara ha amparado y ayudado al Frente Al Nusra, una filial de Al Qaeda; al Estado Islámico, que ha convertido amplias zonas de Siria e Irak en campos de la muerte; a la República Islámica de Irán, que aún es considerada por el Gobierno estadounidense como el principal promotor mundial del terrorismo y va camino de conseguir armas nucleares; y a la Hermandad Musulmana, incluidaHamás, su rama palestina.

También resulta preocupante el discurso que estamos oyendo a los dirigentes turcos. Fikri Isik, el ministro de Ciencia, Industria y Tecnología, afirmó la semana pasada que quienes descubrieron que la Tierra era redonda fueron científicos musulmanes. Dos semanas antes, el presidente Recep Tayyip Erdogan insistió en que marinos musulmanes llegaron a América trescientos años antes que Colón… que descubrió que unos musulmanes bien asentados en Cuba habían construido una hermosa mezquita.

Podría ignorarse semejante mistificación diciendo que no son más que intentos de halagar el orgullo musulmán. Resulta más difícil disculpar la creciente xenofobia de Erdogan, que hace poco declaró:

Los extranjeros aman el petróleo, el oro, los diamantes y la mano de obra barata del mundo islámico. Les gustan los conflictos, las peleas y disputas de Oriente Medio.

Y añadió que los occidentales

parecen amigos, pero nos quieren muertos, les gusta ver cómo mueren nuestros hijos. ¿Durante cuánto tiempo vamos a aguantarlo?

Si Turquía no fuera más que otra dictadura ramplona, nada de todo esto importaría demasiado. Pero es una república de mayoría musulmana (98%), con una economía dinámica (que no depende de la extracción de petróleo); es miembro de la OTAN (lo que le convierte oficialmente en aliada de Estados Unidos) y candidato a entrar en la Unión Europea (aunque esa posibilidad ahora parece lejana).

Hace tan sólo tres años, el presidente Obama incluyó a Erdogan en la lista de los cinco líderes mundiales con los que tenía vínculos personales especialmente estrechos. Consideraba al dirigente turco un moderado, su intérprete del tumultuoso y confuso mundo islámico y su puente hacia el mismo.

Hoy, como indica detalladamente un nuevo informe de Jonathan Schanzer y Merve Tahiroglu, compañeros de la Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), Erdogan se niega a permitir que la coalición formada en agosto y encabezada por Estados Unidos lance ataques contra el Estado Islámico desde territorio turco.

Y, lo que es aún peor, cada vez surgen más evidencias de que hay armas y combatientes que están pasando de Turquía a Siria, donde llegan al Estado Islámico. Miembros de la Administración turca están haciendo la vista gorda… o puede que incluso estén facilitando ese tráfico. Hay petróleo robado que se mueve en el otro sentido: se vende para recaudar fondos para el EI. Schanzer y Tahiroglu escriben que en la propia Turquía el grupo islamista “ha establecido células para reclutar militantes y para otras operaciones logísticas”. La semana pasada, el principal partido kurdo acusó al Gobierno de Erdogan de permitir que combatientes del Estado Islámico atacaran la ciudad kurda siria de Kobani desde Turquía.

El informe de la FDD cita numerosas fuentes que afirman que Turquía también ha prestado ayuda al Frente Al Nusra, filial de Al Qaeda. Ciertamente, el Gobierno turco, al igual que la Administración Obama, busca la caída del dictador sirio Bashar al Asad, sátrapa de la República Islámica de Irán. El informe cita a un representante turco que afirma que los combatientes de Al Nusra son esenciales para dicho objetivo, y añade: “Cuando Asad se haya ido sabremos cómo ocuparnos de estos grupos extremistas”.

¿De verdad? Hamás es un grupo extremista y a uno de sus principales líderes, Saleh al Aruri, se le ha permitido establecer su cuartel general en Turquía. En agosto, la agencia de seguridad israelí, el Shin Bet, dijo que había frustrado una conspiración dirigida por Hamás para derrocar al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y que Aruri estaba detrás de ella. Éste también reivindicó –en presencia del viceprimer ministro turco– el secuestro y asesinato de tres muchachos israelíes en la Margen Occidental a principios de este verano, un acto terrorista que desató una guerra en Gaza entre Israel y Hamás librada durante cincuenta días.

Y hay más: acusaciones verosímiles de que Turquía ha ayudado a los gobernantes iraníes a eludir las sanciones; el hecho de que Turquía encarcela más periodistas que cualquier otro país; la comparación que hizo Erdogan entre israelíes y nazis (adivinen a quienes considera más brutales) y su promesa de “hacer desaparecer Twitter” (“No me importa lo que diga la comunidad internacional. Verán la fuerza de la República Turca”).

Para poder comprender en qué se ha convertido Turquía ayuda saber algo de lo que fue. Estambul fue antaño Constantinopla, una capital cristiana del mundo antiguo. En 1453 cayó ante las feroces tropas del Imperio Otomano y el Califato. Los líderes políticos y religiosos del islam establecieron pronto la Sublime Puerta, el Gobierno central de su creciente imperio.

Casi 500 años después, tras la I Guerra Mundial, el imperio colapsó y el Califato se disolvió. La moderna Turquía surgió de las cenizas gracias al liderazgo de Mustafá Kemal Atatürk, un general visionario que creía que el progreso y la prosperidad sólo se alcanzarían separando Mezquita y Estado. Su objetivo era convertir Turquía en una nación, en una tan moderna y poderosa como cualquier otra de Europa.

Un siglo más tarde, el mundo tiene un aspecto bastante diferente. Hay buenos motivos para creer que Europa está en declive y que América retrocede (son fenómenos separados). Si bien puede que sea ilusorio creer que Colón encontró musulmanes en el Caribe, no resulta disparatado creer que, en décadas futuras, feroces guerreros musulmanes alteren profundamente el orden mundial una vez más.

Visto así, Erdogan parece un neo-otomano, que sueña con comandar a los musulmanes (y a quienes se les hayan sometido) de muchos países. Si es así, la brecha entre Turquía y Occidente no puede sino ensancharse.

Fuente: Foundation for the Defense of Democracies

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