«Timbuktu» la yihad vista y sufrida desde dentro

por goal

ABC.ES

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Sissako se ha inspirado en la llegada hace tres años de los grupos radicales al norte de Mali para realizar este film.

LUIS DE VEGA

El que escribe estas líneas no ha visto el vídeo rodado por los terroristas del Estado Islámico en el que queman vivo al piloto jordano que tenían como rehén. Tampoco ha visto ninguna de las grabaciones de las decapitaciones llevadas a cabo en los últimos meses. Hay otras opciones frente a ese nuevo formato de documental, más gore-basura que propaganda al uso. La película «Timbuktu», candidata al Oscar como mejor película de habla no inglesa y en cines españoles desde este viernes, es mejor opción para tratar de entender el berenjenal de islam, islamismo, yihadismo, terrorismo y barbarie que nos rodea.

Se trata en realidad de eso, de una visión desde dentro del radicalismo islámico, dirigida por Abderrahmane Sissako, se inspira en cómo vivió hace tres años el norte de Malí y en concreto la mítica ciudad de Tombuctú (Mali) la llegada de grupos yihadistas de la órbita de Al Qaida con la intención de imponer la «sharía» (ley islámica). La principal víctima fue la población local. Los jóvenes tuvieron que dejar de jugar al fútbol. Los hombres abandonar el tabaco. Las mujeres se convirtieron en sombras vivientes tapadas de pies a cabeza. Y la música, alma y vida de los malíes, fue acallada por los tiros de los fusiles kalashnikovs.

Pero eso fueron, por decirlo de alguna manera, males menores. Las ejecuciones en público y las amputaciones se convirtieron en el principal arma para imponer el miedo. Sissako se inspiró en un hecho horrible ocurrido en la ciudad malí de Aguelhok el 29 de julio de 2012. Ese día una pareja de treintañeros, padres de dos hijos, fueron lapidados hasta morir por no estar casados. Su asesinato fue grabado en vídeo y difundido en internet, lo que claramente nos transporta a las macabras grabaciones de sus asesinatos que estos días lleva a cabo el Estado Islámico en Siria e Irak.

«La mujer muere de la primera pedrada. El hombre deja escapar un grito seco seguido del silencio más absoluto», recuerda el director en la documentación de prensa. «Aguelhok no es Damasco ni Teherán. Nadie habla de todo esto. Sé que lo que acabo de escribir es horroroso, pero no intento promocionar la película con esa noticia. De igual modo no puedo ignorarla (?) con la esperanza de que ningún niño vea morir a sus padres porque se amaban». La escena más cruda de la película recoge una lapidación inspirada en la de Aguelhok. Y lo cierto es que en las tres semanas posteriores a los ataques de París, con 20 muertos includios tres terroristas, el número de espectadores que ha acudido a ver «Timbuktu», rodada en árabe, bámbara, songhay, tamachek y hasta francés e inglés, se ha doblado.

Llama la atención, por lo menos a este periodista, que la película no aborde la otra gran víctima del asalto cometido por los yihadistas en Tombuctú: su legado cultural e histórico que la convirtieron en patrimonio de la Humanidad hace ya más de tres décadas. La ciudad es desde hace siglos celosa guardiana de miles de libros y legajos. Y además de importentes mezquitas acoge las tumbas de varios santones, imprescidinbles para comprender ese islam africano aliñado con prácticas animistas que tanto molestan a los más retrógrados. Todo ese patrimonio también fue objeto de la furia sin freno de los invasores.

Tombuctú es la ciudad más piadosa de Mali, pero aun así tenía hasta discotecas y bares, recalca Ibrahim Ahmed, conocido como Pino, durante un encuentro con ABC en Madrid. Pino (viene de Pinocho por una mentira piadosa que soltó de niño) es un músico al que Abderrahmane Sissako ha convertido en actor principal de la cinta en la que solo dos de los protagonistas -yihadistas para más señas- pueden considerarse actoresprofesionales.

Nacido hace treinta años en Gao, otra ciudad el norte de Malí sacudida también por el terremoto yihadista, Pino ha visto cómo algunos colegas han caído en las redes de captación de esos grupos. Llegan hasta ahí«por la falta de perspectivas de futuro. La política de la yihad es dirigirse al más débil. Te dan un arma y te hacen sentir alguien importante. No importa ni que seas creyente», cuenta. En la película un joven rapero convertido en yihadista es incapaz de grabar ante la cámara un mensaje medianamente convincente para desesperación de su jefe. Abordando las evidentes contradicciones en las que tropiezan los represores, Sissako deja ver a ese mismo líder escondiéndose detrás de una duna para fumar, quedarse sin argumentos ante un imán local o desear libidinoso a la mujer de Pino mientras ésta se lava el pelo en la puerta de la jaima donde viven.

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