Stephen Hawking, el boicot y por qué los genios pueden ser tontos

por Edwin2295
Stephen Hawking.  Foto: Wikimedia Commons.

Por: Lawrence J. Siskind

Cuando se ve The Theory of Everything (“La teoría del todo”), la película sobre Stephen Hawking, uno se pregunta: ¿Por qué los genios se comportan como idiotas?

En mayo de 2013, tras aceptar inicialmente una invitación para hablar en la Conferencia del Presidente de Israel, organizada para celebrar el 90 cumpleaños de Shimon Peres, Hawking cambió de idea y declaró que no participaría en ningún intercambio académico o cultural con Israel, yanunció su apoyo al movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones).

Hay muchos motivos por los que una persona corriente debería oponerse a ese movimiento.

Pero Hawking no es una persona corriente. Padece ELA (esclerosis lateral amiotrófica), que le ha inutilizado los músculos salvo en las mejillas, cuyo movimiento es monitorizado por un sensor conectado a sus gafas. Su única forma de comunicarse es mediante un sistema basado en un procesador Intel Core i7, que funciona con un chip diseñado en Israel.

Si se impusiera universalmente el BDS, la tecnología de la que depende para comunicarse no estaría a su alcance. Hawking, que, supuestamente, es un campeón de la lógica, adopta así la absurda e ilógica postura de oponerse al tipo de intercambio que le permite comunicar su oposición al mismo.

La inconsistencia interna de semejante postura haría sonrojarse a un niño de primaria.

Por supuesto, Hawking no es ningún niño de primaria. Al parecer, posee un cociente intelectual de 160, y aparece habitualmente en las listas de internet de personas más inteligentes del mundo.

Eso es lo que hace que la postura de Hawking sobre el boicot sea tan interesante. No se trata simplemente de una persona corriente que actúa de forma absurda. Es el ejemplo de un genio que hace el tonto; un fenómeno que resulta ser sorprendentemente común.

La tontería de la que hablamos aquí no es el clásico despiste típico de Einstein, sino algo muy distinto. Hawking, utilizando un chip de diseño israelí para decirle a la gente que no debe tener tratos con Israel, es un ejemplo de pura y simple idiotez. Noam Chomsky, el profesor del MIT quepresionó a Hawking para que apoyara al BDS, muestra esa misma mentalidad.

Chomsky es otro genio reconocido. En la página web SuperScholar, en la que Hawking es el primero de los 30 individuos más listos del planeta, Chomsky aparece en el puesto 11.

Pero Chomsky no se queda atrás respecto a Hawking en lo que respecta a actuar como un idiota.Ha negado el genocidio camboyano, que acabó con cerca de dos millones de personas. Insiste, en cambio, en que el número de víctimas de las masacres de los Jemeres Rojos sería, “como mucho, del orden de los miles”. Esas pocas víctimas, asegura,son comparables con los colaboradores nazis ejecutados al final de la Segunda Guerra Mundial.

Además, duda de la responsabilidad de Osama ben Laden en el 11-S, e insiste en referirse al cerebro de Al Qaeda sólo como sospechoso. Se empeña, incluso, en decir que la confesión de Ben Laden, en la que éste afirmaba haber planeado los atentados, era pura “fanfarronería”.

Si hubiera un premio Nobel a la imbecilidad de los genios, se concedería a título póstumo al portento ajedrecístico Bobby Fischer, un genio con un don para la memez. Así como Chomsky negó el genocidio camboyano, Fischer negó el Holocausto. Ferviente admirador de los nazis, adornaba su cuarto con fotografías de Hitler. Creía que los “apestosos judíos” controlaban Estados Unidos, y declaró que los atentados del 11-S fueron “una maravillosa noticia”. Hizo que le extrajeran los empastes de los dientes porque creía que alguien los empleaba para emitir una peligrosa radiación, probablemente sus enemigos rusos o norteamericanos.

¿A qué conclusión nos lleva todo esto? ¿A que hay una relación causa-efecto entre el genio y la imbecilidad?

Puede que la respuesta sea afirmativa. El genio no consiste sólo en descubrir respuestas más rápido que los demás. Es cuestión de ver el mundo como otros no lo han visto, o no han podido verlo. No se trata simplemente de tener mejor vista, sino de tener una visión distinta. Y una vez te han coronado (o maldecido) con el calificativo de “genio”, resulta difícil encontrarse con un nuevo problema y anunciar tímidamente: “Bueno, la verdad es que no estoy seguro”.

No, un genio siempre tiene que ser un genio. Debe batear para enviar la pelota fuera del campo, no limitarse a lo justo para alcanzar la base. Pero cuando uno trata de batear fuera del campo, es más probable que haga un strike. Y cuanto más enérgico es el bateo, más ridículo resulta el bateador (o el pensador) cuando su bate no golpea nada más que el aire.

Puede que Albert Einstein, a veces, fuera despistado, pero estaba concentrado y atento en 1952, cuando recibió una carta de Abba Eban, escrita en nombre de David ben Gurión, en la quese le ofrecía la presidencia del Estado de Israel.Einstein contestó:

Me siento profundamente emocionado ante esta oferta (…) [pero] no puedo aceptarla. Durante toda mi vida me he ocupado de cuestiones objetivas; por tanto, carezco tanto de las aptitudes naturales como de la experiencia necesarias para tratar adecuadamente con la gente y para ejercer funciones oficiales.

Al reconocer tanto sus limitaciones cognitivas como los límites de su especialización, Einstein demostró que no se limitaba a ser un genio. Demostró que no era imbécil.

Fuente: The Algemeiner

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