‘La sociedad turca sufre amnesia colectiva’

por goal

elmundo

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Elif Shafak nació en Estrasburgo por avatares de la vida de sus padres turcos, vivió de niña en Madrid con su madre diplomática y ahora reside sobre todo en Londres y algo menos en Estambul.

  • Ex pareja del Premio Nobel Orhan Pamuk, la autora turca regresa a la historia de su tierra en ‘El arquitecto del universo’ (Lumen), una novela en la que desvela el pasado multicultural y tolerante de un país que, según ella, vive hoy preso de la autocensura, la discriminación de la mujer y el peso de la religión como fuerza limitadora de la libertad.

P. UNAMUNO Estambul

Su territorio literario fundamental es, sin embargo, la capital turca y del Imperio Otomano, que es escenario también de su última novela, ‘El arquitecto del universo’, publicada por la editorial Lumen. Shafak es menos conocida en el extranjero que el premio Nobel Orhan Pamuk, quien fue su pareja, pero en las calles de Estambul que hemos recorrido junto a ella todo el mundo sabe de ella y de sus libros. Otros estamentos del país no la ven con tan buenos ojos. En su día se celebró un proceso judicial contra su novela‘La bastarda de Estambul’, de 2006, en el que su abogado se vio en la necesidad “surrealista” de defender a unos personajes de ficción, y hace unos meses se ha publicado en la prensa local que ella forma parte, con Pamuk, de un ‘lobby’ internacional pagado por la Unión Europea para desacreditar a gobiernos no afines a sus intereses.

Si algo no agrada a esas instancias políticas es que Elif Shafak ha dedicado toda su carrera literaria a dar voz a todos los personajes silenciados o “suprimidos de la historia oficial turca”, a contar la historia del Imperio Otomano desde el punto de vista de las minorías. ‘El arquitecto del universo’ trata de Mimar Sinan, artífice de las más grandiosas mezquitas de Estambul y rehabilitador de Santa Sofía, pero el libro está poblado de olvidados: mujeres, por supuesto, algunas de ellas que deben vestirse de hombres como en nuestra literatura del Siglo de Oro; gitanos como el sagaz Balaban y animales como el elefante Sota, de cuyo cuidado es responsable Jahan, que es además aprendiz del gran arquitecto y narrador de la acción.

La escritora ilumina aspectos del pasado otomano que no interesa recordar. Que Sinan fue cristiano hasta los 21 años, por ejemplo, y estaba menos interesado en dejar pequeña la cúpula de Santa Sofía (antigua iglesia bizantina), como pretendía el sultán, que en demostrar que se trataba de “una representación de que bajo la bóveda celeste hay lugar tanto para musulmanes como para cristianos, judíos o zoroastristas”.

Sinan no sólo era un arquitecto de un talento inconmensurable sino el auténtico “planificador de una ciudad a la que respetaba” y en la que había que construir teniendo en cuenta el riesgo de terremotos. “Si viera hoy Estambul, se echaría a llorar”, afirma Shafak, del mismo modo que no podría entender que un país “multiétnico, multilingüe y multicultural” haya perdido semejante riqueza y adopte una religiosidad tan diferente de la suya, reposada y tolerante. Con todo, la autora prefiere mantener la esperanza: “En la calle la gente habla y se cuestiona cosas. La maquinaria política en Turquía es sumamente agresiva y masculinista, autoritaria. Tengo esperanza en las personas, pero no en el sistema”.

La elección de un elefante como hilo conductor del libro no es accidental. Sota, un regalo llegado del Indostán para el sultán Suleimán el Magnífico, simboliza “la sabiduría, la posibilidad de mantener el equilibrio en una sociedad turbulenta y, por supuesto, la memoria en una sociedad como la turca aquejada de amnesia colectiva“, deja caer Shafak con la franqueza serena de sus gigantescos ojos verdes de göçmen.

‘El arquitecto del universo’ fantasea con otro hecho aparcado en los márgenes del relato oficial. “Los constructores otomanos y los europeos se conocían y sabían de sus respectivos trabajos, existía un intercambio intelectual más allá de la religión y la nacionalidad. Leonardo y Miguel Ángel pudieron haber venido a Estambul pero no lo hicieron; sin embargo, hay constancia de que arquitectos otomanos visitaron Italia, y hubiera sido fantástico que fueran los aprendices de Sinan”.

Elif Shafak, experta en relaciones internacionales y ciencias políticas, ha impartido clases en diversas universidades y acude a multitud de foros mundiales relacionados particularmente con los derechos de la mujer. Es muy crítica con la política del Gobierno turco en esta materia, en especial con algunas declaraciones que no contribuyen en absoluto a detener la rampante violencia doméstica y el feminicidio, así como con su injerencia en asuntos particulares de cada familia.

“Hay que tener tres hijos, o mejor cinco, porque queremos ser una nación más grande. Les dicen a las mujeres cómo deben vestirse, que no deben reírse en público. En esto, como en la falta de separación de poderes o de una verdadera libertad de prensa, Turquía va hacia atrás. La diversidad de medios de comunicación se ha reducido drásticamente en los últimos 10 años. Existe mucha autocensura porque todo escritor o periodista sabe que aquí las palabras pueden meterte en problemas. Y, claro, no hablamos de ella porque da mucha vergüenza”.

En cuanto a la oposición, a cuyo principal grupo (el CHP, Partido Republicano del Pueblo) ella misma apoyó en su momento, considera que es “débil y no ha podido presentar una alternativa” al Ejecutivo del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Cree que el movimiento político kurdo “propone mayores cambios que los partidos turcos” y se interesa para su agrado por cuestiones como la igualdad de hombres y mujeres.

Shafak descree de las religiones organizadas, que en su opinión sólo dividen, pero siente gran interés por la espiritualidad y la creencia. Para ella existe un misticismo común a todas las religiones. “Santa Teresa no difiere de Isaac Luria, pero esto es algo de lo que tampoco se puede hablar en Turquía…”.

El ideal religioso de Elif Shafak es el de Rabia al-Adawiyya, la mística sufí que corría por las calles de Basra con una botella de agua en una mano y una antorcha en la otra. Decía: “Con el agua voy a apagar los fuegos del infierno y con la antorcha voy a quemar el cielo, para que no haya cielo ni infierno sino sólo el amor de Dios”.PNG_zps1ed15660Zorrete_zpsa7d818fb

 

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