El contador de muertos

por 80rebecca

El café sirio sabía más amargo que de costumbre la noche de bochorno en que se veló por Omar Bkeirati. Fue en un edificio sobrio de dos pisos próximo al Gran Bazar estambulita. Las mujeres, entre ellas su apenada madre, Shaza Barakat, lloraban en la planta baja. En una terraza estrecha escaleras arriba, donde repartían el café con una rústica jarra cobriza, los hombres departían a susurros sobre el macabro destino de su Siria, que se había llevado a Omar.

14371615274539

Bassan Ahmad teclea los nombres de los fallecidos que va contando. LLUÍS M. HURTADO

Siria se lo llevó literalmente. Fuerzas leales al presidente Bashar Asad confiscaron su cadáver y sólo devolvieron un par de fotos del querubín de pelo ensortijado mortecino. Aunque en verdad, el chaval, de 16 años, ya se había consumido meses antes, exiliado en Estambul con su familia, una de las más perseguidas del país por ser una conocida opositora. Omar era un artista. Un guitarrista notable.Su otra virtud, la oratoria, lo acabaría condenando. Rechazado en un colegio saudí de Estambul, acudió al sudanés cuyo director era un chií de Irak. Éste lo aceptó, pero lo expulsó al poco tras descubrirle en clase lanzando diatribas contra el régimen de los Asad. Intentó ingresar en el colegio libio, también en manos chiíes. No pudo ni cruzar su vestíbulo porque la dirección estaba advertida por los sudaneses.

“Al final, Omar le dijo a mi madre que Estambul no era su sitio”, relata Arwa, el hermano mayor de Omar. El artista sin escuela volvió a Siria y se unió a la rebelión contra Asad. Lo mataron el 15 de octubre de 2012 por la mañana. Un año y dos días después, Aymen Bkeirati, padre de Omar y famoso poeta y productor de series infantiles, murió de un infarto en Estambul. “Su corazón no pudo resistir la ausencia de Omar”, lamenta Halla, prima de Omar

Según la lista del contador de muertos, Omar Bkeirati es no civil, varón, soltero, muerto en la ciudad de Hama por disparos. Aymen Bkeirati es civil, varón, casado, muerto en Estambul por otras causas. El contador de muertos se llama Bassam Ahmad. Lleva tres añosdocumentando de forma independiente y con precisión, en hojas de Excel, los dramas humanos en Siria que los medios internacionales tradujeron ya hace tiempo en meros y fríos números: hasta el jueves 16 de julio de 2015, 120.182 muertos, 85.997 de ellos civiles, 34.173 no civiles, 96.779 adultos, 9.000 adultas, 9.799 niños y 4.592 niñas.

Siria lleva desde 1970 gobernada por la familia golpista Asad, que se impuso en la nomenclatura del partido árabe socialista Baaz. En marzo de 2011, al maquiavélico Bashar le falló la jugada, que había empleado antes su padre Hafez, de aplacar un levantamiento popular pidiendo reformas con violencia ilimitada. Esta vez las monarquías ultra islamistas de Arabia Saudí y Qatar, con apoyo de Turquía y EEUU, armaron a los alzados. Rusia, Irán y la milicia chií del partido libanés Hezbolá los confrontaron. Con el tiempo y a espaldas de la comunidad internacional, la población civil ha acabado engullida por una espiral de frentes radicalizados y sectarios.

Bassam tiene 31 años, baja estatura, frente ancha y cuadriculada bajo un cepillo de pelo negro y voz aguda y vivaracha. Se sienta con Crónica, en un pequeño apartamento de Estambul, frente a un portátil con acceso a la base de datos de su ONG, el Centro de Documentacion de violaciones  (VDC, en siglas inglesas). “Contamos muertos diariamente. Colaboradores dentro de Siria nos contactan las 24 horas aportando detalles sobre las muertes. ‘¿Estás seguro? ¿Tal número es real?’, les preguntamos”.

Documentación de Violaciones (VDC, en siglas inglesas). “Contamos muertos diariamente. Colaboradores dentro de Siria nos contactan las 24 horas aportando detalles sobre las muertes. ‘¿Estás seguro? ¿Tal número es real?’, les preguntamos.

Luego, verifican por otras vías. “Intentamos hablar con testigos, con familiares de las víctimas, médicos, miembros de seguridad civil y activistas. Buscamos fotos o vídeos. Si no damos el reflejo más fiel de la verdad, al menos tenemos voluntad de acercarnos a ella”. La cifra de víctimas de la guerra de Siria que aporta el VDC es inferior a las 210.000 que suele resaltar la prensa. “Creo que hay más muertos de los que contabilizamos. Pero, a cambio, los que nosotros anotamos están verificados al detalle”.

Registraron a Emad Nihad Drubi. Era un abogado de Homs, casado, tenía 44 años y tres hijos. El régimen lo detuvo el 22 de mayo de 2013. Se supo de su muerte, bajo tortura, el pasado 19 de junio. A Meriam Naseif Sheij, una anciana cristiana de 90 años que murió ejecutada con toda su familia a manos de los shabiha, la mafia mercenaria a sueldo de los Asad. El tres de noviembre de 2013, después de matarlos, tiraron sus cuerpos a un pozo de la partida de Em Shahdeh, en Homs. Mouahmmed Muhmoud Shahbi, de 11 años, murió hace unas semanas en un bombardeo del alzado Ejército Libre de Siria en Damasco. El Estado Islámico secuestró a la doctora Rua Diab Shanturi en Mayadín, provincia de Deir Ezzor. La ejecutaron el 19 de agosto de 2014 acusada de “curar a hombres”.

“De ella me acuerdo bien”, exclama Bassam frente a una de las fotografías recopiladas para documentar las muertes. Es de una joven de sonrisa pilla, inmensos ojos verdes perfilados en negro y largo pelo castaño lacio. Es Rahaf Najah Abo Khaleel, una estudiante universitaria palestina de 22 años, casada, a la que ejecutaron el 18 de febrero de 2014 en el barrio de Zahera de Damasco. “Fuerzas de Asad asaltaron su casa cuando su madre estaba fuera. Si mal no recuerdo, la intentaron violar y luego la mataron“.

En 2011 empezó a trabajar con la Premio Sajarov, Razan Zaitouneh, desaparecida desde 2013

El VDC lo forman 25 personas de fuera y dentro de Siria, estos últimos en grave peligro por dedicarse a esta labor. Son pro oposición, pero Bassam apela a su labor de investigador, becado por la universidad estadounidense de Siracusa, para defender la seriedad e imparcialidad de su contabilización. Además de contar muertos de ambos bandos y elaborar dossieres sobre violaciones cometidas por el régimen como el lanzamiento de barriles de dinamita sobre la población civil, Bassam y los suyos trabajan ahora en otro informe sobre las violaciones de derechos humanos cometidas por la oposición.

Atribuir malintencionadamente o por error un posible crimen a alguien puede tener consecuencias trágicas sobre el terreno, además de alimentar el sectarismo”, afirma Bassam Ahmad, quien sabe bien qué es sufrir el sectarismo. Él es uno de los 300.000 kurdos a los que Damasco niega la identidad desde hace décadas por considerarlos extranjeros. Los servicios secretos del régimen lo detuvieron el 16 de febrero de 2012 y pasó 87 días en prisión por su actividad opositora, tiempo en el que lo sometieron a torturas. Con esta paradoja resume el miedo que sufrían los sirios en aquella época. “A principios de 2011 vimos qué ocurría en Egipto y Libia, y quisimos reproducirlo en Siria. Junto a unos conocidos, convocamos una protesta el cuatro de febrero de ese año en un lugar que llamamos ‘plaza de la oficina del Primer Ministro’. No vino nadie“.

El alzamiento popular arreció al poco tiempo, al saberse de la detención y el maltrato de 15 niños de Daraa, al sur del país, por pintar grafitis contra Bashar Asad. “Al principio nadie pedía cambiar el régimen, sino reformas específicas, mejores salarios y más oportunidades para los jóvenes”, recuerda Bassam. “Pero los asesinatos y torturas cometidos por el régimen, y la involucración de terceros países, complicó la situación. La primera culpa fue de Asad”. Bassam, contrario a tomar las armas, se centró durante los primeros meses en documentar con cámara de vídeo, foto y otras herramientas, todo lo que sucedía ante sus ojos. Así empezó a contar muertos.

Uno de los primeros contados fue su buen amigo Ayham Ghazoul. “Lo habían detenido junto a mí y nos liberaron juntos, pero puesto que era médico y había atendido a gente reprimida en las protestas del régimen, sufrió peores torturas”. El 14 de noviembre de 2012, lo volvieron a arrestar en la Universidad de Damasco. Al poco, lo recluyeron en el temido cuartel 215 de la División de Seguridad Militar, el conocido como Auschwitz de Bashar Asad por las terribles condiciones de trato a los retenidos. Allí dentro no duró ni cuatro días. “Reconocí su cadáver de casualidad revisando los documentos de Caesar”, explica Bassam. Caesar es el nombre en clave de un policía sirio que se fugó con un pliego de fotografías que suponen la prueba más clara de posibles crímenes de guerra cometidos por Asad. Bassam es uno de los verificadores del material obtenido por Caesar.

Bassam Ahmad está lejos de Siria desde noviembre de 2012, cuando su familia le rogó que abandonara el país después de tener que acudir a varios juicios por su activismo. En ese momento se unió oficialmente al VDC, que desde 2011 dirigía la conocida abogada siriaRazan Zaitouneh, premio Sajarov 2011. En diciembre de 2013 Zaitouneh y dos colegas más desaparecieron en una zona controlada por alzados al norte de Damasco.

nadie conoce aún su paradero. Se sospecha que los secuestró una milicia islamista alzada, que hoy sigue negándose a cooperar con los activistas que lideraron el levantamiento popular con cuya excusa esta brigada combate en Siria.Temeroso de sufrir el destino de su compañera o de su mejor amigo, el contador de muertos sigue acercándose a Siria con cautela en busca de la verdad.

Crónica lo acompaña a Akçakale, un pueblo turco fronterizo con Tel Abyad, una localidad siria que milicias kurdas arrebataron al Estado Islámico hace un mes. La toma de Tel Abyad provocó un alud de refugiados árabes y turcomanos a Turquía. Ankara acusó entonces a los kurdos de “limpieza étnica” en complicidad con Estados Unidos. Bassam Ahmad, que no se lo cree hasta que no lo verifique, va en busca de testimonios.

Pregunta. Interpela. Vuelve a preguntar. Contempla a su interlocutor con desconfianza. Rellena hojas y hojas con testimonios. Necesitará, al menos, 20 entrevistas antes de concluir si se ha cometido alguna violación de derechos humanos en ese rincón del desastre sirio.

“Lo hago para contar la verdad. Para parar esta guerra sectaria que lidera no esta gente, normal y corriente, sino las élites, muchas de las cuales actúan desde fuera de Siria”, responde Bassam, suspirando, después de una matinal de encuentros a más de 40 grados. “Además, esto es parte de nuestra historia, y debemos relatarla bien para que en el futuro no se repita. Y ojalá”, añade, incorporándose en el asiento del minibús que lo conduce de vuelta a su siguiente destino para documentar, “espero que mi trabajo sirva para que en el futuro los tribunales juzguen esta barbarie”.

@llmhurtado

Etiquetas:

One Trackback to “El contador de muertos”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: