Niños soldados del PK5 musulmán

por foxylady

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Fuente: EL MUNDO

PK5, el último bastión musulmán (Auado, niño soldado de siete años posa junto a otro miliciano de la Fuerza de Autodefensa PK5) AMADOR GUALLAR/ MUNDO

Las milicias de Autodefensa ocupan el centro Bangui con niños soldados mal armados

“Una casa musulmana vale más que 30 casas cristianas”. Así de contundente se muestra Noor, uno de los comandantes de las Fuerza de Autodefensa PK5 antes de subirnos a uno de sus vehículos para recorrer el frente de batalla en Bangui, la delgada línea roja que divide a los barrios musulmán y cristiano en en la capital de República Centroafricana. La milicia musulmana de PK5 asegura que está aquí “para defender los derechos” de su correligionarios, explica Noor, pero la población a la que presuntamente protegen observa los vehículos que se dirigen al frente con temor y sonrisas forzadas. En PK5, el último reducto de los musulmanes en Bangui, quien tiene las armas tiene la palabra y quien tiene la palabra tiene el poder total sobre la vida y la muerte de los que habitan. En el frente los efectos de la guerra son más visibles. La destrucción y las matanzas que han tenido y tienen han desplazado a miles de familias cuyas casas quemadas ahora acogen a los milicianos heridos. “Aún estamos esperando a que llegue la ayuda internacional”, comenta un miliciano. “Esos malditos cristianos lo roban todo”, añade. Aquí no hay trincheras sino una línea sólo visible por los puestos de control y observación donde los milicianos pasan las horas observando si hay algún movimiento en la zona cristiana, así como varias y muy rudimentarias torres de vigilancia construidas con los despojos que han encontrado en las casas. Los combatientes de la Fuerza de Autodefensa PK5 emplazados en este frente son una amalgama de jóvenes sin trabajo, hombres que perdieron a sus familias durante los combates y que ahora quieren revancha y muchos niños soldado. Entre ellos Auado, de siete años, que lucha desde los cinco años y cuya cara hace tiempo que perdió la inocencia de la infancia. “Los antibalaka [milicia cristiana] mataron a toda mi familia”, explica con voz compungida y sin quitar el ojo al comandante Youssouf Ahmad, segundo al mando de la milicia musulmana y que aparece de repente desde el interior de una de las casas que sirven como puesto médico. “Es para cerciorarme que nuestro mensaje llega alto y claro”, interrumpe. “Estoy luchando para defender a los musulmanes”, continúa Auado. “Mis padres me mandaron a hacer un recado y cuando volví a casa los antibalaka los habían matado a todos”. Fue entonces cuando la Fuerza de Autodefensa se hizo cargo del niño y éste pasó a formar parte de sus filas como un combatiente más. Primero se ocupó de los recados llevando mensajes y comida a los combatientes y ahora forma parte de ellos en la escolta del líder del grupo, Force Animeri. “La milicia me acogió y ahora se han convertido en mi familia”, concluye bajo la mirada atenta de Ahmad, que sonríe mientras Auado lo mira buscando su aprobación. Una respuesta preparada de antemano en la boca de un niño que conoció la muerte y la miseria a temprana edad y que, debido a la no intervención de los organismos internacionales en contra del uso de niños soldados en el país, seguramente crecerá entre combatientes hasta convertirse en un guerrero por la causa de “la liberación de los musulmanes en el país”, tal y como lo describe el segundo miliciano al mando de la Fuerza de Autodefensa PK5. En el puesto médico más avanzado encontramos a Assan Abdul Assis, herido hace seis meses y cuya pierna derecha está totalmente destrozada por tres balas y con evidentes signos de podredumbre y gangrena, tendido en una camilla cubierta por una vieja mosquitera agujereada. Es un milagro que aún siga vivo. “Estos son todos los medicamentos que tengo”, explica señalando una pequeña bandeja a su lado con varias píldoras de paracetamol y unas aspirinas. “El dolor es insoportable, no puedo aguantar más pero yo no quiero que me amputen la pierna”. “El barrio tiene una longitud de cinco kilómetros cuadrados y éste es el punto donde se producen la mayoría de escaramuzas”, explica Youssuf a escaso metros del puesto de socorro en el puente frontera sobre el gran canal de agua que viene de la zona cristiana, la cual se encuentra justo enfrente, y que marca el final de su territorio. Según el segundo al mando de la Fuerza de Autodefensa, el enemigo se encuentra al otro lado y se interna “para provocar” y “sin previo aviso”, por lo que cruzamos el puente a la carrera para, en el otro extremo, divisar las presuntas posiciones cristianas donde no se ve ni se oye un alma, sólo más casas quemadas que una vez pertenecieron a familias cristianas que también fueron asesinadas o huyeron al campo de refugiados de Mpoko, al lado del aeropuerto de la capital. Sobre las masacres que allí sucedieron, y que fueron llevadas a cabo por muchos de los milicianos que nos acompañan, Youssuf declina comentar nada al respecto. “Nosotros no atacamos, sólo nos defendemos”, insiste, “y muchas veces dejamos pasar todas las provocaciones por el bien y la estabilidad de la ciudad”. Un hecho que luego quieren confirmar en el mercado de PK5, donde nos presentan a un grupo de cristianos que trabajan como carniceros y que, con evidente miedo en los ojos, explican desde su pequeño tenderete:”La Fuerza de Autodefensa nos protege y nos deja vivir en paz”. Una buena respuesta, o quizás la única respuesta que pueden ofrecer, ya que se les va la vida en ello.

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